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CULTURA | 23/08/2019 03:10

Biarritz, un retiro imperial de humildes orígenes

Vista de algunos de los edificios más emblemáticos de la ciudad de Biarritz durante los proparativos para la cumbre del G7. EFE/CAROLINE BLUMBERG
Vista de algunos de los edificios más emblemáticos de la ciudad de Biarritz durante los proparativos para la cumbre del G7. EFE/CAROLINE BLUMBERG (Foto:EFE )
Biarritz (Francia), 23 ago (EFE).- La emperatriz de Francia Eugenia de Montijo coronó Biarritz (suroeste) como destino vacacional de la aristocracia europea, pero la ciudad, que este fin de semana recibe a los líderes del G7, arrancó su historia como un pequeño pueblo de pescadores. En la Edad Media, la habilidad de sus balleneros colocó en el mapa ese enclave bañado por el Atlántico, que vivió de esa actividad hasta finales del siglo XVII, cuando los cetáceos empezaron a alejarse cada vez más mar adentro. Su progresiva transformación en ciudad balneario, un estatus del que todavía goza en la actualidad, comenzó a mediados del XVIII, época en que los baños marinos fueron apreciados como terapia eficaz contra todo tipo de males. El escritor francés Victor Hugo, que recaló allí en 1843, vio ya entonces el potencial de un lugar cuya popularidad no hizo sino ir en aumento. "No conozco ningún sitio más encantador y magnífico que Biarritz. Mi único temor es que se ponga de moda", aseguró el futuro autor de "Los miserables", que presagió que su profecía iba a cumplirse "pronto". Y apenas once años más tarde, la española Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, se dirigió temporalmente tras su boda a una ciudad que había conocido de pequeña, y cuya cercanía con San Sebastián (norte de España) le permitió mantener un estrecho contacto con su familia, que veraneaba en esa otra joya costera. El emperador hizo construir para ella la llamada "Villa Eugenia", ostentosa edificación que, reconvertida en hotel desde 1893, servirá de sede desde este sábado y hasta el lunes de las discusiones de los líderes de Francia, Alemania, Reino Unido, Italia, Estados Unidos, Canadá y Japón. Napoleón III y ella tomaron por costumbre volver cada año hasta 1868, tres años antes del fin de su reinado, y su presencia atrajo a su vez a la elite del continente, que impulsó la construcción de grandes residencias y casinos en su territorio. El auge perduró tras la caída del imperio, pero la historia de Biarritz también ha conocido altibajos: durante la II Guerra Mundial (1939-1945), el Ejército estadounidense la bombardeó provocando más de 100 víctimas mortales y numerosos daños materiales. La edad de oro del capitalismo, conocida como los "Treinta gloriosos" porque se extendió desde el final del conflicto hasta principios de los setenta, mezcló en Biarritz un turismo más familiar con el aura de las estrellas cinematográficas del momento, como Rita Hayworth o Gary Cooper. Sus playas presenciaron el desembarco en 1957 de una costumbre que se ha implantado con fuerza como vector económico y cultural de la región: el surf. Los responsables de que arraigara fueron dos estadounidenses: Peter Viertel, guionista casado con la actriz Deborah Kerr, y Richard Darryl Zanuck, que preparaban el rodaje de "The sun also rises", adaptación de la novela homónima de Ernest Hemingway. El segundo tuvo que volver a Los Ángeles pero le dejó su tabla a su compañero. Neófito en la materia, rompió la punta contra unas rocas, y los lugareños se la repararon a cambio de que les dejara hacer una copia, que no tardó en ser replicada. La conversión paulatina de Biarritz en meca europea de ese deporte hace incluso que sea una de las candidatas a albergar en los Juegos Olímpicos de 2024 las pruebas de surf. Los mandatarios del Grupo de los Siete países más desarrollados (G7) y todos aquellos desplazados para la cumbre, no obstante, pasarán al margen de la fama del lugar, que durante estos tres días ha prohibido toda actividad náutica en sus dos playas principales por motivos de seguridad. Se trata de uno de los daños colaterales del dispositivo implantado para evitar altercados, que incluye el despliegue de 13.200 policías y gendarmes y una fuerte vigilancia marítima, terrestre y aérea que transformará temporalmente la ciudad en una pequeña fortaleza. Marta Garde
EFE
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