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GENTE | 18/04/2019 09:10

Reclusos brasileños encuentran en la moda su boya de salvación

Un grupo de presos fue registrado al participar en una clase de croché, en la penitenciaría de máxima seguridad de Guarulhos, ubicada en el norte de Sao Paulo (Brasil). EFE
Un grupo de presos fue registrado al participar en una clase de croché, en la penitenciaría de máxima seguridad de Guarulhos, ubicada en el norte de Sao Paulo (Brasil). EFE (Foto:EFE )
Sao Paulo, 18 abr (EFE).- Una veintena de presidiarios está tras una inédita iniciativa nacida entre rejas y que tendrá su punto álgido la próxima semana, cuando sus obras se muestren en la pasarela de la 47ª Semana de la Moda de Sao Paulo. "Las otras veces que he estado en prisión creía que el mundo del crimen compensaba (...) Pero ahora mi mente cambió, quiero ser grande, reconocido y ganarme la vida a través de mis ropas en croché", cuenta el recluso F.S., de 27 años y uno de los 21 presos que han encontrado en la confección de moda su boya de salvación gracias al proyecto "Ponto Firme". Su fundador es el modisto Gustavo Silvestre, quien asegura a EFE que "nunca antes había salido de dentro de una cárcel una colección de moda para desfilar en una Fashion Week internacional". Desde 2016, Silvestre imparte clases de croché una vez a la semana a los presos de la Penitenciaría de máxima seguridad de Guarulhos, ubicada en el norte de Sao Paulo. De allí, saldrán 31 piezas que conforman la colección "Oportunidad" en la que han trabajado reclusos que cumplen penas por los más variados delitos, que van desde robo y tráfico de drogas hasta homicidio. Los 21 reclusos-estudiantes son los responsables de todas las etapas del proceso creativo, desde la elección del nombre de la colección hasta la selección final de los estilos, que serán presentados en la pasarela de la Semana de la Moda. La colección de este año pretende dar visibilidad a los trabajos realizados por quienes están detrás de las rejas y provocar la reflexión sobre la importancia del proceso de reinserción. "Aquí es un espacio de construcción de subjetividad, pero también de identidad. A través del croché de la abuelita, ellos están construyendo quiénes son, pensando quiénes quieren ser después de que salgan de aquí", abunda Silvestre. Más allá del "punto de coser perfecto", agrega, los reclusos tienen en esas tres horas semanales de curso la posibilidad de "aprender y pulir su desarrollo educativo, cognitivo, artístico, intelectual y social". Otro de los integrantes del taller de Ponto Firme es J.L., de 37 años y quien está encarcelado desde 2006. Su sueño, explica a EFE, es abrir su propio estudio una vez deje la prisión y dar una "vida digna" a su hijo de 14 años, a quien no ve desde hace siete. "Yo estoy aquí por un delito del Artículo 121 (homicidio). Llevaba una vida descontrolada, mi mujer me dejó y se llevó a mi hijo. Yo dejé atrás esta vida mala, me apunté a las clases de croché y ahora, cuando salga, quiero tener mi propio estudio", asevera. Entre un punto y otro, los aprendices comparten también historias de vida dentro y fuera de la cárcel y anécdotas sobre sus seres queridos que están al otro lado de los muros. Y es que Brasil cuenta con la tercera mayor población carcelaria del mundo, con más de 620.000 personas privadas de libertad, según datos oficiales, que apuntan que una cuarta parte de los condenados vuelven a reincidir. Por esta razón, el agente carcelario Igor Rocha califica como "fundamentales" los proyectos realizados dentro de los presidios. "La mayoría de esos hombres nacieron en comunidades extremadamente pobres y violentas. El crimen siempre formó parte de sus vidas y ellos han crecido, desde niños, conociendo solamente el mal", señala. Cuando entran en prisión, prosigue Rocha, es el deber del Estado y de la sociedad presentarles nuevas perspectivas y mostrar que hay "otro lado" alejado del crimen. Pese al aforo para 1.200 personas, la Penitenciaría de Guarulhos está saturada, como la mayoría en Brasil. Alberga a 2.300 presos, de los que unos 600 están involucrados en actividades como clubes de lectura o lecciones de música y artes manuales. "Si de 25 reclusos tan solo cinco no regresan al crimen, para mí ya valió la pena. Porque no son solamente cinco vidas salvadas, son cinco familias enteras y, en realidad, un número incalculable (de personas)", sostiene Rocha. Nayara Batschke
EFE
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