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GENTE | 07/08/2018 04:10

Un puñado de mujeres mantiene vivo el arte de tejer en Albania

Tejedoras en la localidad albanesa de Zogaj. De las entre 30.000 y 40.000 tejedoras que trabajaban en las fábricas textiles estatales durante la época comunista, actualmente quedan unas 300 en todo el país que elaboran alfombras de lana con sus telares en sus propias casas. EFE
Tejedoras en la localidad albanesa de Zogaj. De las entre 30.000 y 40.000 tejedoras que trabajaban en las fábricas textiles estatales durante la época comunista, actualmente quedan unas 300 en todo el país que elaboran alfombras de lana con sus telares en sus propias casas. EFE (Foto:EFE )
Zogaj (Albania), 7 ago (EFE).- El ancestral arte de tejer sobrevive en Albania gracias a las tradiciones familiares de un número reducido de mujeres que, con su pasión y devoción, desafían las enormes dificultades de este oficio en peligro de extinción. De las entre 30.000 y 40.000 tejedoras que trabajaban en las fábricas textiles estatales durante la época comunista, actualmente quedan unas 300 en todo el país que elaboran alfombras de lana con sus telares en sus propias casas. En Albania éste es un oficio exclusivamente de mujeres y las regiones con más tradición en esta artesanía son Shkodra y Kruja en el norte y centro de Albania, y Korca, situada en el sureste. Nebije Cotaj, con más de 30 años en esta profesión, ha podido convencer a diez mujeres de la zona para trabajar en telares montados en su casa en el pintoresco pueblo de Zogaj, bañado por el lago de Shkodra. En Zogaj, ubicado en las faldas del monte árido Tarabosh, falta la tierra cultivable y, desde los tiempos remotos, las mujeres eran tejedoras y los hombres pescadores. "Con mucho esfuerzo estoy tratando de mantener en pie mi negocio. Es un trabajo de gran valor, pero no apreciado hoy en día. No hay demanda", se queja Nebije a Efe, que empezó esta actividad privada en 1995 montando un telar en la cocina de su casa. Nebije vende una alfombra artesanal de lana de dos por dos metros por 180 euros, algo que resulta caro para los pobres albaneses, cuyo sueldo medio es de 350 euros y que prefieren comprar alfombras más baratas de producción en serie. Ella trabaja por encargo y no tiene la posibilidad económica de abrir una tienda para exponer sus productos. "Es un gran cansancio físico y mental trabajar en el telar y te da poco dinero, pero nosotras no renunciamos a nuestras tradiciones", sostiene Kimete Mullaku, de 55 años y que empezó a trabajar como tejera a los 15. Mullaku era una de las 100 mujeres que fabricaban alfombras de lana en el taller de Zogaj durante la época comunista, cuya mayor producción estaba destinada a la exportación. Pero después de la caída del comunismo en 1991, este taller fue destruido, igual que todas las fábricas estatales del país. "Ahora hemos quedado solo nosotras 10. Las demás mujeres del pueblo prefieren quedarse en casa, mientras que las jóvenes van a estudiar a Tirana y no quieren regresar", lamenta Mullaku. Estas tejedoras hacen todos los procesos: desde lavar la lana e hilarla en la rueca, hasta luego teñirla. El caso de Ornela Tabaku, de 22 años, que ayuda a su madre en el telar es una excepción en Albania. Pese a que estudia estomatología en la capital, en los meses de verano gestiona el negocio de su madre en el bazar viejo otomano de Kruja, uno de los principales destinos turísticos del país. "Este es un trabajo en equipo. Hay que ayudar a la familia y no perder las viejas tradiciones", indica a Efe. Aquí en Kruja los mayores compradores de las alfombras de lana artesanales son los emigrantes albaneses que quieren llevar recuerdos de Albania a sus casas, y los turistas. En Kruja los telares manuales son verticales, mientras que en Shkodra son horizontales. Además de los motivos tradicionales con símbolos patrióticos, se elaboran a mano alfombras de lana con diseños nuevos para satisfacer todos los gustos y exigencias de los clientes que encargan alfombras. Este arte artesanal, que ha sido transmitido de generación a generación, no tiene el apoyo del Estado, lo que pone en peligra su supervivencia. Mimoza Dhima
EFE
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