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OPUS MEI | 03/01/2019 21:22

De regreso

De regreso

Hace cosa de un mes, no lo recuerdo bien, que he decidido atender mi salud mental de la mejor manera posible: descansando de mí; no sé los demás, pero a mí a veces mi imagen en el espejo, mi voz, mis gestos y mis actitudes me resultan insoportables.
Creo que fue Carlos de Orleans, para más señas hermano de Carlos VI de Francia, 'el Loco', quien dijo que estaba harto de la humanidad y que la humanidad estaba harta de él; pues mi hartazgo fue tanto que necesitaba vaciarme de mí, que por cierto es un buen sucedáneo del tiro en la sien.
Ahora, ¿cómo descansa uno de uno mismo? No se trata de convertirse en lama tibetano y sacar a pasear el espíritu, pues para eso necesita uno creer que existe tal cosa.
Yo me puse a leer a los novelistas judíos, a Bellow sobre todo, pero a Roth, a Singer, a Canetti, algo de Auster, lo que encontré de Aleijem… pero eso sí, nada de Primo Levi, que se trataba de descansar no de sentirme ni miserable, ni culpable.
En Bellow encontré un pensamiento tan peculiarmente judío, tan especulativo, tan arraigado a la idea de que es imposible la creación –pues la Creación con mayúsculas ya está consumada-, que tratando, casi siempre sin éxito, seguir el hilo de ese razonamiento tan ajeno, tan complejo, tan lejano de nuestro simplismo, descubrí una forma perfecta para la evasión. Por lo demás todo lo que en Roth es culpa y remordimiento, es divertimento en la voz amable de Ivan Bashevis.
Hice cosas más bien extrañas –de eso se trataba-, me aboné a Netflix, no para comerme el coco con series adictivas, sino para ver dos cintas: la tétrica pero luminosa Balada de Buster Scruggs de los Coen y, más raro todavía, la película Roma de Cuarón.
Sobre esta última película y el debate abierto sobre si es un bodrio autocomplaciente, como dicen muchos, o una joya, debo decir que mí me gustó. Me gustó a pesar de un par de escenas tan desagradables como gratuitas y de ese momento maniqueo en que Cleo, que ya rompió la fuente en una mueblería, se encuentra de nuevo con el 'halcón' que es padre de ese hijo que lleva en la tripa y le apunta con la pistola a la cabeza; de la escena burda del karateca sin pijama, mejor ni hablar. Como sea a mí el filme me gustó, me emocionó y hasta me parece necesario para ilustrar ese país en blanco y negro de nuestra infancia –para los que son de mi peña-, al que parece que nos están regresando los nuevos conservadores que ahora gobiernan el país.
Decidí no celebrar la Navidad, era una urgencia de mi psique acariciada de hace muchos años; lo malo es que cometí la supina equivocación de ir a no celebrarla a Houston, donde era imposible entrar a ninguna tienda o ningún restaurante y no ser taladrado por el 'All I want for Christmas is you', en la infame versión de la Mariah Carey, capaz ella sola de convertir a la humanidad entera en una versión de Mister Scrooge.
De regreso, o en el intento de regreso, tuve la oportunidad de conocer y padecer a una parte del panteón olímpico, una yunta de pequeños dioses desdeñosos y crueles, empeñados en hacernos sentir que somos una nadería en la inmensidad del Universo; pequeños dioses crueles, vengativos y mentirosos, con uniformes de las United Airlines.
El asunto es que ya en la sala de abordar nuestro vuelo, y el resto, iban siendo retrasados y cancelados, hasta que al borde de la media noche cancelaron el nuestro cuando la tormenta provocó el cierre del aeropuerto, a lo que siguió el bíblico llanto y crujir de dientes.
Hace un par de años, en Dallas, tuve la oportunidad de conocer al mismísimo Zeus todopoderoso, un negrazo –dicho esto sin tintes de racismo, era en efecto un dios negro, robusto como una montaña, de dos metros y mirada del Antiguo testamento-, que nos lanzó, como a Jonás camino de Cádiz (Tarsis), a una travesía donde no faltaron la ballena y sus fauces.
Para ser yo un ateastro, hay que ver lo seguido que me toca tratar con divinidades, coléricas e indiferentes al destino de los hombres. Su veredicto, luego de mucho trajinar fue que tendríamos que esperar dos días antes de volver y que habríamos de alojarnos, por nuestra cuenta, en un hotelucho aledaño a la terminal, esperar 24 horas para recuperar nuestro equipaje (que estaba empapado) y gastarnos en esas 48 horas un dinero que no teníamos.
Pero, esto debo decirlo, no todo el personal de la United se comportó de esa manera. Si la mujer del reclamo de equipaje se comportó como la mismísima Minerva con los pobres troyanos y la mujer que nos dio los billetes de vuelta como un 'capo' de Treblinka, hubo sí un grupo de empleadas que se comportó de manera más bien deliciosa, como la mujer que nos ofreció unas galletas y una pequeña botella de agua y la señora que nos recibió las maletas y nos cambió los asientos en el viaje a la Ciudad de México.
Para rematar este viaje fuera de mí mismo, debo decir que el día de la Noche Vieja, merendé un trozo de cordero, un par de copas de vino y me fui a leer unas páginas de Moby Dick, un libro que ahora releo tras más de treinta años, justo por recomendación de Saul Bellow, para ni siquiera esperar que fueran las doce, sin formular deseos absurdos, ni tampoco ninguna lista de propósitos.
Hoy, tercer día de este año –por obra de una convención más bien absurda: el año bien podría comenzar el 4 de mayo o el primero de agosto-, vuelvo a escribir: porque me pegaron las ganas, pero sin saber si esto quiere decir que de ahora en adelante volveré a la asiduidad de antes.
Por lo pronto, en unos días vuelvo a marcharme, porque así de cansado de lo que me he convertido estoy, o por puras ganas de seguir jugando a la lotería de Babilonia, así que por ahora lo que prometo es que cuando me vuelva a dar el pronto, me siento y cuento lo que tenga que contar.

 

Agustín Lascazas

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