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OPUS MEI | 13/12/2018 20:03

Canción de Navidad

Canción de Navidad

Estaba yo baboseando, viendo las nubes, cuando una voz –que no era la de mi conciencia: no tengo una- me interrogaba: ¿qué no estabas de vacaciones? Me giré, identifiqué a mi interlocutor –un hombre medio obeso de mofletes colorados y ojos pequeños- y entorné los ojos para tratar de entender de qué diablos me estaba hablando. Me lo aclaró: es que hace un par de semanas que no veo tu artículo en el periódico.
¡Eureka! Dijo Arquímedes y la gallinita de Les Luthiers… Y pensé yo al escuchar aquello: ya serán diez o doce días que no escribo una línea y es el primero que se da cuenta, lo que me habla que mis bonos como comentador y voz de la nación están más devaluados que el peso.
Le aclaro, previa cita de Kierkegaard (por lo de la necesidad de darnos un año sabático del lenguaje), que es algo por el estilo: me estoy dando vacaciones de mí mismo y de otras cosas que me tienen hasta el copete: AMLO como centro de la existencia nacional y sobre todo las navidades. Le cuento que me vi tentado a buscar en mis archivos y copiar cualquier artículo de esos que, año con año desde hace casi cinco lustros, escribo derramando bilis conforme el ambiente se empieza a llenar de ese gas venenoso –y cursi- que algunos llama espíritu navideño.
Por lo demás, visto lo visto, bien me pude haber muerto y, lamentablemente para mi autoestima, nadie se hubiera dado cuenta. Está bien, tampoco es que ante mi ausencia vaya yo a exclamar lo que dicen que exclamó aquel Nerón, antes de suicidarse: ‘Qualis artifex pereo’, que en cristiano se podría traducir como: ¡Qué gran artista se muere conmigo!
En fin que aquí estoy de nuevo, nada más para desentumecer los dedos y para solaz de los tres lectores que me quedan; sin embargo algo ha cambiado en mi interior pues puedo declarar que ya no aborrezco esta época, por más que siga sin entender qué demonios tiene que ver el último perfume de Dior con el nacimiento de Jesús de Nazaret –que a decir de los que aseguran conocer del caso habría nacido en abril y no en diciembre.
Hay un anuncio que, sin embargo, me resulta repelente, la de la bebida esa que tanto gusta –me incluyo- y tanto mal nos hace y que parece haberse erigido como la 'bebida oficial' de la Navidad, como si fuera la que bebían los censores de César Augusto, la soldadesca romana, los sectarios judíos y hasta la baca y el buey del cuento.
Según su comercial de este año, hay que ser 'Santa': ¿un viejo ridículo vestido con pijama de terciopelo? Ser Santa, dicen, es perdonar al padre maltratador, al amigo que te robó y al hermano que te traicionó; tal vez haya allí un mensaje cripto cristiano: ese de poner la otra mejilla. A mí me van a perdonar, pero eso me parece una reverenda… Se los digo como un clásico ejemplo de alguien que se ha dejado abofetear por la vida, pero no por sentimientos piadosos –de los que carezco- sino por falta de reflejos.
Como sea yo paso de puntillas por estas fechas para llevar la fiesta en paz.
Mi pequeña disputa navideña la he tenido en casa. Por pura salud mental he pedido a mi familia numerosa, que tampoco es que esté sobrada de sentimientos píos, que este año nos ahorremos el espectáculo de los arbolitos, los adornos navideños, el musgo que cría arañas y las luces navideñas –que suben el recibo de la luz y además nos ponen en riesgo mortal por un posible incendio.
Creo que por jorobarme se han declarado fans de la navidad, aunque logramos un acuerdo intermedio. Nos hemos ahorrado lo del árbol, las luces y demás parafernalia y los motivos navideños –presuntamente- en casa se limitan a: una corona (de las de adorno, no la cerveza) en la puerta y un modesto Belén en el salón, sin mulas y bueyes –que ya serían pleonasmo.
Como sea ya no estoy poseído del espíritu de Mister Scrooge, que era un miserable pero era ricachón, ni tampoco del Grinch: que festejen sus fiestas los que quieran festejarlas y que después paz y luego gloria.
Yo estos días pasados festejé la Hanukkah, encendí tranquilo las velas de mí Menorah y hasta sucumbí ante un plato de sufganiot hechos a la manera kosher -aunque luego me metí unos tacos de carnitas-, sin sentir la necesidad de que nadie a mí alrededor tuviera que compartir ningún sentimiento conmigo. Cada quien que festeje lo que quiera.
En el fondo, como suele pasar en gente de naturaleza ruin como la mía, lo que me mueve es la avaricia –y la pobreza, que no es más que la verdad-, pues así me voy a ahorrar un pastón en regalos que no pienso dar y de paso –espero- me ahorraré el coraje que me da abrir paquetes con vinos chilenos, corbatones con motivos de la Feria de San Marcos, monografías de la vida ilustre de Primo Verdad y paquetes de calcetines Donelli.

 

Agustín Lascazas

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