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OPUS MEI | 22/11/2018 21:48

Schiller en alemán

Schiller en alemán

Ya en mi cama, leo y releo párrafos como este:
“-Mi problema es con la lucha de clases –dijo Wrangel-. El destino de las clases sociales. Usted argumenta que la parálisis de las clases produce efectos de ilusión: mentira, engaño, falsas apariencias. Todo parece real, pero lo auténticamente real es la convulsión escondida que hay por debajo de las apariencias. Usted impone ideas europeas a los norteamericanos”.
Es un cuento de Saul Bellow –o al menos eso dice el título del libro: 'Cuentos reunidos'-, aunque debe ser otra cosa, una que me resulta agotadora: ideas que voy rumiando con dificultad, como quien pretende masticar piedra caliza, por no decir que me pierdo, tal vez sea una forma de abstraer más las ideas de Ortega sobre las masas que reivindican su derecho a comportarse sin vestigios de lo que en la época burguesa era sinónimo de humanidad. No sé, no entiendo.
En media hora apenas avanzo, a trompicones, un par de páginas. Cierro el libro cuando veo que es medianoche. Me quito las gafas que dejo en la mesilla y digo en voz alta: yo ya no voy a leer a Schiller en alemán… Apago la luz y me concentro en conciliar el sueño que llega lentamente.
Cuando hablo de Schiller y el alemán, en realidad estoy hablando de Borges. Creo que fue Rodríguez Monegal quien contó aquello de que el argentino aprendió alemán de forma autodidacta, sólo para poder leer los poemas de Schiller en la lengua en que fueron escritos, que es como decir que uno aprende el luciferino idioma de los fineses para leer a Paasilinna en su lengua, o aprender albano para leer a Kadaré –ahora que encontré un filón dorado de sus obras en la nueva librería del FCE.
El sueño no venía y para entretener otra noche de insomnio, me puse a elaborar, allí en la oscuridad, una lista de las cosas que seguramente ya no voy a hacer en la vida, incluyendo lo del idioma alemán –que para mi envidia ya domina uno de mis hijos y sin tener que esforzarse mucho, por lo visto.
No se trata de una lista con asuntos del tipo: nunca seré presidente de la República, asunto que me importa un pepino (por no decir un pito, que hay los que se ofenden), sino de cosas que en realidad me hubiera gustado conseguir y que por incapacidad, falta de talentos, pereza, falta de recursos o sencillamente por cuestiones de edad ya no están a mi alcance, como el correr una carrera de Maratón.
No aprenderé alemán, pues; me temo que no acabaré de entender del todo ni a Nietzsche, ni a Marx. Supongo que mis libros no conocerán el éxito, por lo menos mientras yo viva (y lo que pase después me importa otro pepino): no por falta de mérito, que lo tienen (¡los escribí yo!), sino porque en esto de la literatura hay que ser parte de una mafia o perra de alguien, dos asuntos que no me atraen en lo absoluto.
Supongo, y sigo, que no regresaré a Nepal, ni escalaré jamás no el Everest, sino siquiera el Pico de Orizaba; estoy convencido de que no tendré mi casa soñada en algún pueblito entre Vinarós y Castellón. Tampoco seré estrella del beisbol, ni del futbol americano –me rompen en tres al primer golpe-, ni siquiera del muy vulgar y divertido balompié.
Nunca tendré un Ferrari, aunque tuve un Porsche usado y acabé viviendo para mantenerlo y la verdad tampoco es que la infelicidad se disipe cuando se pone uno detrás del volante. Hasta donde van las cosas creo que no viviré lo suficiente para ser teletransportado (aunque en una de esas me saco un viaje al espacio), aunque en esta senda, todo queda resumido en que nunca haré fortuna: no por falta de ganas o ambiciones, que las tengo todas, sino porque o lo que me sobra de ambicioso me falta de codicioso o porque sencillamente carezco de habilidades comerciales.
Tampoco me veo logrando ese sueño de ser agregado cultural en Madrid, ahora menos que nunca; no voy a saber a qué sabe el salmón –a menos de que quiera consumar por esa vía un suicidio doloroso para mí e incómodo para los demás-; supongo que tampoco de mi mente antes florida saldrá un invento, de esos del tipo del velcro, que son fruto de mentes simples pero prácticas.
Otra cosa que no voy a hacer es terminar esta lista, porque ya me aburrí y afortunadamente cuando pensaba que nunca voy a conquistar a Uma Thurman –de hecho parece imposible siquiera que me la encuentre un día en la calle o en una fiesta-, me agarró el sueño y ya no supe más de mí.

 

Agustín Lascazas

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