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OPUS MEI | 20/11/2018 21:12

Día sabático

Día sabático

Hacía tanto, pero tanto tiempo que no tenía un día descanso, que ver venir el feriado del pasado lunes me producía un extraño desasosiego: como si fuera culpable de algo; pensare en un día sin prisas, sin obligaciones, sin horarios que atender me mantuvo inquieto todo el fin de semana.
Era una extraña ansiedad que, en principio, me resultaba inexplicable. Como si estuviera planeando matar a alguien, aunque sólo se trataba de matar el tiempo; el tiempo que es, según nos lo impone esta cultura del 'algo pasará', el don más preciado que tenemos.
No deja de ser extraño, pues estamos en una época en que la gente pierde ese oro valioso en cualquier tontería, sobre todo ahora que existen esos extraños… ¿Qué son las redes sociales?... Porque personas no son, ni son espacios físicos, ni siquiera máquinas con alguna entidad, son… ¿Cómo decirlo? Bueno pues dejémoslo en que son la última sutileza del diablo y un espacio –o no espacio: no sé cómo decirlo- que como un hoyo de antienergía se nos roba la vida.
Mi teléfono, que ahora asume el papel de mi hijo y pretende explotarme con la culpa, me reporta ahora el tiempo que paso cada semana perdiendo el ídem mirando su pantalla: tres horas y minutos cada semana, lo que ya es un exceso; lo peor –y será la angustia- es que esta semana me advierte que he abusado y me he entretenido en su pantalla chupavidas algo así como 40 minutos más de lo usual…
Está bien que yo lo uso para trabajar, para estar en contacto con mi equipo de trabajo, para saber cosas que me son útiles en mi oficio –noticias y esas tonterías-, pero ahí está la culpa, y esa angustia de qué voy a hacer el largo lunes.
Será por eso que me levanté antes de las siete de la mañana y me fui a hacer ejercicio, me duché y a las diez de la mañana estaba yo tomándome un café ojeando el diario, que es una extraña manera de sentirnos que estamos haciendo algo.
Pero luego reparé en que mi desazón y ese sentimiento de culpa estaban de más; una extraña manera de dejar que esta sociedad delirante se me meta por los ojos y me circule, granulosa, por las venas; también recordé esos años, ya idos, veo, en que era yo un ilustre y despreocupado perezoso, en mis días capaz de dormir tantas horas que mis amigos pensaban que había caído de manera espontánea en un estado de coma profundo.
Pensé en la dicha del oso que se acuesta el 20 de diciembre y despierta entrado abril, entumido pero bien descansado. Me puse el pijama a las 10 de la mañana.
Me debía, pues se me pegaba la gana, ver la última de los hermanos Coen: La balada de Buster Scruggs, que no es una sino muchas pequeñas citas, a más de negras y crueles, aunque luego luminosas y épicas.
No es El gran Lewobski, pero son los Coen en estado puro, reescribiendo historias de indios y vaqueros… Pero no es esto una reseña, ni nada que la parezca, es la deliciosa manera que me pasé media mañana viendo una cinta, echadote en mi cama, en pijama, justo para bajar a comer cualquier cosa y buscar la manera más despreocupada de liberarme de cualquier sentimiento culposo: ni que fuera yo diputado, fifí o desaforado chairo, usurero de la banca o parte de la mafia del poder.
La tarde la pasé deliciosamente instalado frente a una ventana donde daba el sol, con una manta en las piernas, abriendo y leyendo las primeras páginas de un libro, también inquietante, que alguien con esa rareza que es el buen gusto me acaba de regalar; se trata de 'El fantasma del rey Leopoldo', sobre las infamias de muy cristiano rey belga en el Congo, que incluye capítulos deliciosos sobre la figura de ese bribón que fue Henry Morton Stanley, del que tuve las primeras noticias –hace medio siglo- cuando Bugs Bunny parodiaba aquellas famosas líneas de: “el doctor Livingstone, supongo”.
Una veintena de páginas y una siesta de diez, quince, veinte minutos me llevaron a la frontera de la noche, que ya de plano malgasté, o no, viendo el juego de lunes en la noche de la NFL, tras del cual me fui a dormir como quien no debe un peso y tiene la conciencia tranquila.
Ya espero con ansia el 21 de marzo.

 

Agustín Lascazas

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