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Limosnero y sin garrote
17/01/2017 21:15 (-6 GTM)
Un día, hace muchos años, tenía que entrevistar a un jerarca militar. No recuerdo bien sobre qué, pero seguramente era una tontería. Llegué a su despacho con mi libreta –los grabadores eran un lujo y no existían estos cacharros modernos que llevamos ahora a todos lados- y, oh mis olvidos, sin un bolígrafo. Le pedí uno de los muchos que tenía sobre su escritorio.
Se ve que era un hombre quisquilloso y que mi petición no le hizo gracia.
-¿Qué pensaría de un soldado que va a la guerra sin su rifle? –preguntó.
Yo que siempre he sido un peladete, le respondí sin pensar:
-Pues que es un general.
No era una falta de respeto; yo nunca he estado en una batalla, pero en las que he visto en el cine, o en la tele (ficticias y reales), he visto generales con prismáticos, con una vara de mando, hablando por un walkie talkie, frente a unos mapas poniendo alfileres y etcétera; nunca he visto a ninguno con un rifle.
Este entremés, que se está alargando innecesariamente me lleva a donde quiero llegar –que nunca llego, como dijo el cura poeta Plascencia-, que son los instrumentos de mi trabajo, que supongo que es el de escribir.
Este viejo oficio, cuyos orígenes se remontan a los tiempos casi primitivos en que los escribanos hacían cuñas en el barro, apenas ha progresado en cuanto a los instrumentos que usan los que nos dedicamos a esto. Sobre las superficies: del barro al papiro, del cuero al papel y casi le paramos de contar. No conozco a ningún escritor que se sirva de pantallas táctiles para escribir un ensayo sobre el sexo de los ángeles, ni un novelón, ni nada de más de dos frases.
Sobre el instrumento: cuñas, punzones, plumas de ave, las llamadas plumas fuente (que hicieron ricos a tantos tintoreros), los bolígrafos… La revolución industrial llegó a este oficio con la elemental máquina de escribir.
Dicen los que se dedican a escarbar estas cosas que la primera patente de una máquina de escribir la consiguió a principios del siglo XVIII un tal Mills, que obtuvo la patente de la reina Ana Estuardo (de Gran Bretaña), pero que se considera el prototipo de la primera de estas máquinas de tipos –de teclas pues-, a un tal Turri, que patentó la suya a principios del siglo XIX.
Luego vino la máquina eléctrica, que no hacía más que la mecánica y después el ordenador, que para fines de escritura hace lo mismo que las antiguas máquinas –salvo que permite corregir mejor; en mi caso esta opción no cuenta pues apenas corrijo, como Simenon.
Desde el día que decidí que me gustaba escribir me agencié una máquina portátil, una vieja Underwood, que había en casa y que tenía un defecto en la letra R. Esa máquina me acompañó muchos años, hasta que para la universidad me compré una máquina de escritorio, una de esas Olimpia que llenaron tantos despachos burocráticos, tantas redacciones y tantos talleres de mecanografía.
Aquí debo de confesar que nunca aprendí a mecanografiar, aunque escribo con relativa velocidad (tengo cuarenta años y pico en estas danzas), usando los dedos índice y medio de ambas manos.
Ya casi para graduarme, no tengo la menor idea de cómo tuve mi primera y única máquina eléctrica: una Olivetti que tenía, oh signo de la modernidad, una pequeña pantalla de cuarzo, para fijar el tipo, el tamaño de la letra, el interlineado, los márgenes y esas cosas. Era una tortura y una complicación usar aquel cacharro.
Luego vinieron los ordenadores y aquí seguimos.
Recuerdo esto justo porque yo, desde el primer día que pude hacerme de una computadora, escribo en estos cachivaches. Todo, estos artículos, las pocas cosas que escribo para revistas, algún cuento ocasional, tesinas, monografías y hasta un par de novelas, salen del ordenador que tengo enfrente para cada ocasión. Todo, salvo la poesía que sigo escribiendo a mano y en libretas de papel reciclado, cocidas a mano, que me regalan algunos amigos pintores.
El asunto es que hace tiempo que lo poco que voy escribiendo lo tecleo justo en este computador que uso ahora mismo. Una máquina de tal marca, con un teclado negro y una pantalla de tamaño mediano.
En mi estudio tengo uno más pequeño y más elemental. Lo usé para pasar en limpio los poemas de mis dos últimos libros, para escribir lo que escribí en el taller de Daniel Sada, para hacer algunos artículos de estos por adelantado, alguna carta y poca cosa más.
Cuando decidí que no escribía más, apenas la usaba alguna noche para navegar un rato, para responder algún correo y nada más. Un día, por error o por órdenes de esas del inconsciente, alguna tecla equivocada le pulsé y nunca más quiso arrancar.
Y allí estaba el artefacto, inservible, como si fuera un animal disecado, sobre el escritorio donde por las noches me siento a leer. De vez en vez pensaba: un día de estos lo desconecto, lo subo al coche y se lo llevo a alguien para que vea si tiene remedio. Junto había una impresora que hace mucho doné para la prole. Allí, también a lado, hay un atril que no puedo usar, pues está lleno de borradores, de facturas y de papeles impresos de toda la naturaleza –incluso un librillo de los Hare Krishna.
Y allí estaba el armatoste ese, más un estorbo que un adorno, como si fuera el perchero con el abrigo, el bastón y el sombrero de un abuelo que se murió hace treinta años. Cuando necesito escribir alguna cosa de urgencia en casa, le pido un ordenador a los escuincles y asunto arreglado.
Pero miren ustedes por donde, que llegó la Musa. Tal vez haga como Géricault y me rape a cero y me ponga un batón de loco y me encierre a escribir, o me deje una barba de orate y me ponga un viejo traje de pana –que no tengo- y me retire del mundo un tiempo para escribir esa historia que me anda rondando. Otra cosa es que esto tenga remedio.
Le llevé la máquina a uno de los que saben resucitar esos muertos. La conectó, apretó las teclas justas, puso un disco dentro y comenzó las labores del rescate. Lo sigue intentando: no lo logra todavía. Lo que sacamos en claro es que –allí salió en un mensaje- no la encendía desde octubre del 2015.



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