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OPUS MEI | 19/11/2017 20:34

Puertas abiertas

Puertas abiertas

Día de empacar y de ensoñaciones: falsas ilusiones de un viaje a un lugar más cálido.
Siempre me viene a la mente el zar Pedro el Grande, que en 1703 fundó la ciudad que lleva su nombre y trasladó la Capital del Imperio Ruso de Moscú, según eso para tener una ventana a Europa y al mundo; a mí eso de mudarse de un lugar helado a otro heladísimo se me hace cosa de locos; es como si algún autócrata mexicano –que los hay en ciernes- decidiera trasladar la Capital de la CDMX a, digamos, Casas Grandes, Chihuahua, o a Nueva Rosita, Durango.
Yo ni soy un autócrata, ni tengo ninguna posibilidad de convertirme en uno, pero si de mover la Capital se trata, pues me la llevaría a Playa del Carmen o a algún otro lugar con una temperatura media de 25 grados; de hecho es una desgracia que Cortés quemara sus barcos, sus famosos barcos y nos negara tener una Capital costera, en Veracruz.
Pero yo sólo empaco y sueño con tierras tropicales porque es hora de sacar de los maletones los abrigos que llevan allí unos ocho meses –huelen a naftalina- y rellenarlos de la ropa más ligera, la que no se podrá usar hasta bien entrado el mes de marzo del año entrante. Donde había camisetas ahora hay gorros y orejeras; donde colgaban camisas de algodón ahora se amontonan las bufandas y los guantes.
Esto de ser un friolento me obliga a tener un arsenal más digno de un lapón que de un tipo que habita en una meseta al sur del Trópico de Capricornio.
La pregunta si es que nos queremos poner trascendentales es: ¿Un friolento nace o se hace? No sé, soy descendiente de famosos friolentos y a lo mejor hay un gen (africano) que me hace propenso a tener el frío como una bestia salvaje y cruel.
Hoy al mediodía salí al jardín a fumar un cigarrillo y a ver, alarmado, que un enjambre de avispas está haciendo un panal (¿nido?) en uno de los árboles, en uno que por cierto impide que el sol entre por mi ventana. El sol caía a plomo y la temperatura era más bien alta. A los cinco minutos ya picaba el sol sobre la piel.
Volví al interior para notar que adentro estábamos varios grados abajo que allá afuera. ¿Cómo diablos lo logró el constructor? ¿Qué extraños materiales usó para que la casa sea una especie de cámara helada? No sé si fue intencional o un ‘logro’ del azar, pero si el tipo tiene la fórmula se puede ir a Qatar a hacerse millonario: sería capaz de hacer casas más que frescas, frías en medio del desierto ardiente.
Me acordé la primera vez que sentí esa sensación. En una casa campestre de por la salida al Picacho, alguien organizó una fiesta decembrina, una fiesta que iba camino del fracaso pues el salón donde estábamos parecía un cuarto refrigerado para guardar aguacates; la fiesta se salvó –y nosotros de contraer neumonía- cuando nos salimos, pues afuera la temperatura era fría pero bastante tolerable.
Ahora mismo que salí a abrir la puerta constaté que en el exterior la temperatura debe andar por los 19 o 20 grados y aquí, mientras escribo, tengo que taparme con mantas: una en la pierna, otra a manera de capa y una tercera en la cabeza. Creo que abriré las ventanas y las puertas para ver si se sale el frío.
Mañana, si mi temor al frío es mayor a la pereza que me da irme a meter a un centro comercial, voy a ir a comprar una tienda de campaña (a ver si están de rebaja), pues creo que me voy a mudar el resto del invierno al patio.

 

AgustÍn Lazcasas
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