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OPUS MEI | 16/01/2018 20:52

Ni se siente nada

Ni se siente nada

Las noticias informaban ayer que en la región de Yakutia (cuya mera existencia ignoraba), en Siberia los termómetros bajaron hasta los 65 grados negativos en la escala de Celsius; lo único que se le ocurre a uno al escuchar esas cosas es que dicho lugar no se parece nada a Cuernavaca.
Hace muchos años recibí clases de cirílico y de ruso de una maestra de Kirguizia, que un día me dijo que Biskek, la ciudad donde nació no era precisamente un lugar muy frío. Nunca, me dijo un día, me acuerdo que en invierno el termómetro bajara de los 20 grados bajo cero. ¡Vaya, como en Mexicali!, exclamé.
Luego esa mujer, Saulé se llama (o se llamaba, no lo sé), me dijo que frío lo que se dice frío en Moscú, a donde fue a estudiar y en donde dice que alguna vez las temperaturas se acercaron a los 50 grados negativos.
-Caminábamos alrededor de la marquesina del autobús –me explico- para agarrar un poco de calor.
Yo he intentado caminar para quitarme el maldito frío que hace dentro de mi casa, pero no le encuentro utilidad al método… Luego me contó que en la casa que vivía en Moscú, algo así como una casa de huéspedes, el hijo de la casera aprovechaba esos días para salir con el torso desnudo al patio y echarse encima un cubetazo de agua. Me imagino que aquel tipo acabó encerrado en la Castañeda moscovita.
En Yakutia, como si aquello fuera de lo más normal –que no, pero casi-, informan que al superarse en negativo los menos 55 grados las autoridades locales decidieron cancelar las clases. ¡Vaya gesto de humanidad! Y nosotros aquí quejándonos porque los escuincles salen a la calle con un grado sobre cero.
Yo nunca he estado en esas condiciones extremas de frío y espero no tener que hacerlo –seguro me muero a los dos minutos-, pero un día tuve mi experiencia de frío extremo, con una temperatura de menos de veinte grados bajo cero y una sensación térmica de menos treinta y pico, por culpa del maldito viento.
Fue en Chicago, hace diez años, por estas fechas.
En el televisor todos los canales estaban conectados a una rueda de prensa: el gobernador de Illinois, el alcalde de Chicago, el jefe de Bomberos, el de la Policía… Por más que intenté cambiar el canal siempre se me aparecían. Cuando finalmente les puse atención estaban, con cara grave, anunciando la entrada de una tormenta polar que cruzaría los Grandes Lagos y pegaría de lleno sobre la ciudad.
Yo esa noche, la noche antes de que pegara el trancazo de frío, salí a comprar una botella de vino a un par de cuadras del hotel y me extravié al regresar, seguro mareado porque me entró aire helado a los pliegues de mi cerebro. De esa nunca me he recuperado del todo.
Al otro día un taxi me llevó por la autopista desierta al aeropuerto O’Hare. La recomendación era no salir de casa y la gente la cumplió a rajatabla. Entré corriendo a la terminal documenté y se me ocurrió que antes de pasar la seguridad bien podría salir a fumar un cigarrillo a la puerta; para esto llevaba varias capas de ropa térmica, gorro de pelo ruso, máscara, bufanda, de tal manera que sólo lleva expuestos la nariz y la boca. La boca se me quedó como si me hubieran inyectado anestesia en la consulta del dentista.
A la segunda calada, que me supo a amoniaco, pensé que aquello no era buena idea y regresé al interior. A las tantas aparecí en Dallas donde estábamos a 30 grados.
Al volver a casa alguien me preguntó qué se sentía estar a esas temperaturas.
-Nada –respondí.
-¿Cómo que nada?
-Yo debajo de un grado ya no siento nada, como en el chiste: ni los pies, ni las manos, ni la cara, ni las orejas… Nada de nada.

 

AgustÍn Lazcasas

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