Aguasdigital

aguasdigital.com

Opus Mei

Viernes 20 de Octubre de 2017

Las Plumas

Aguascalientes
26°
C
Despejado
clima
26°C Despejado
Aguascalientes
26°
C
Despejado
clima
26°C Despejado
Viernes 20 de Octubre de 2017
OPUS MEI | 19/10/2017 20:37

De Heráclito al iPhone

De Heráclito al iPhone

Alphaville es una ciudad que llenó una noche de pesadilla de Godard.
En una escena, al final de la cinta el detective Lemmy Caution encuentra a la computadora Alpha 60 –que creó el genio malvado Von Braun- y que es la que manda en el pueblo; antes de destruirla (de hecho la computadora era un panel del sistema de aguas de París), el detective escucha que la máquina recita:
“El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; / es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; / es un fuego que me consume…”
Es obvio, se trata de Borges. El poema termina justamente con el verso “yo, desgraciadamente, soy Borges”.
No voy a hacer aquí ninguna nueva, ni vieja, refutación del tiempo; basta decir que ya sabemos, desde Heráclito, lo que luego dijo Machado –y que popularizó entre la tropa Serrat-: “Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar…”
Aquí me podría poner a desbarrar sobre el tiempo, lo efímero, nuestra condición de motas de polvo en el Universo infinito, o hasta de –Román Revueltas dixit- “La insidiosa fatalidad de las cosas”.
Ya lo dijo Heráclito, somos devenir –de venir más temprano hubiera podido preparar mejor mi artículo, pero hoy me quedé dormido… Lo que me lleva a aquello que se dice tanto en casa de que el tiempo perdido lo lloran los santos; los santos que, por lo demás, tienen la fama de llorar por casi todo.
El asunto es que ya sabemos que estamos aquí de paso, que la vida dura un suspiro y que somos seres provisionales (prescindibles, intercambiables, con fecha de caducidad y todo lo que quieran agregar).
Todo muy bien: es nuestra naturaleza, nuestro destino y algo que al final no tiene remedio; Borges, que le gustaban estos juegos mentales, decía que la muerte no era sino una constante estadística, y que un mal día alguien no se iba a morir por aquello de la excepción que confirma la regla, o algo así. También decía que la eternidad debe ser aterradora.
Pero el asunto es que dando por sentado que aquí venimos por un rato y que este se pasa en un pestañeo –y no creo que sea necesario llegar al extremo de citar el Eclesiastés-, no entiendo porqué diablos el iPhone y en general estos llamados “teléfonos inteligentes”, nos lo tienen que recordar de manera permanente (eh aquí una paradoja).
Cada vez que volteó a ver el mío se me revuelven las tripas que el iconito de la Apple Store me señala que tengo pendientes –siempre hay que agregar cuitas a nuestra pobre y breve existencia-, no sé, dos, cuatro, catorce o veinte actualizaciones. A mí esto me pone los nervios de punta.
Se ve que los que hacen las aplicaciones o son unos incompetentes –las tienen que actualizar cada tres días-, o son de la estirpe maldita de Von Braun y su labor es recordarnos que no somos nadie –polvo en el viento- y que todo en esta vida es provisional; en términos de hoy esto quiere decir que la nueva versión del WhatsApp de hoy, que es la novena maravilla, pasado mañana será un vejestorio.
A mí me pone neurasténico tener que poner a actualizar los mapas, las utilidades, la aplicación del tiempo, las redes sociales y todo lo que tengo en ese aparato del demonio que todos llevamos en el bolsillo. A fuerza de enloquecernos, se cumplirá la profecía y un mal día cada quien llevará una Alpha 60 en la mano y así será que perdamos la voluntad (la poca que nos queda) y acabemos siendo esclavos del Facebook.
El final, presiento, está cerca: hoy mi tostadora se me quedó viendo con unos ojos que me causaron gran inquietud.

 

AgustÍn Lazcasas

Anteriores

Facebook Twitter Google Plus YouTube

Anteriores