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OPUS MEI | 17/09/2017 21:13

Miente Amnistía

Miente Amnistía

A las siete de la mañana comienza a chillar el águila.
Es extraño, pero ya no tengo que usar el despertador; el águila –que apareció por allí hace días-, lanza sus gritos ásperos y penetrantes, hace las veces del gallo que no tengo.
Debería, pienso, escribir del águila; ese animal que seguramente se devoró al canario de antes y debe alimentarse de los gorriones que viven en los pinos.
Pero siento que sería un crimen, uno de omisión, no hablar de ese asunto que me ha provocado pasar una noche de insomnio. Es un asunto desagradable, estrujante y molesto, de esos que a veces dejamos pasar, para no recordarnos lo horroroso que se ha vuelto vivir en este país y en este tiempo.
He pensado largo en el libro de Susan Sontag (“Ante el dolor de los demás”), del que retengo y repito, como un mantra inútil, una cita: “la fotografía es como una cita, una máxima o un proverbio”.
Hablaba Sontag de aquellas guerras (Crimea, la Guerra de Secesión de los Estados Unidos, la Guerra Civil de España) y esas imágenes de tropas desfallecidas, de víctimas civiles, de soldados mutilados que, se suponía, nos tendrían que horrorizar y nos vacunarían contra ese germen mortal de la guerra.
La imagen que tengo retenida en la mente es la de los tres pequeños asesinados, entiendo que junto a su padre, y cuyos cadáveres aparecieron el martes bajo un puente en Coyuca, Guerrero; una fotografía que, dicen las agencias, causa escalofríos en medio mundo por su crudeza y que aquí apenas ha causado extrañeza, acostumbrados como estamos a estas pavorosas escenas.
La imagen que veo y reveo, merece un pie de foto que trate de desentrañar el espanto, la injusticia, la vileza en que hemos caído. Un pie de foto que censure al o a los desalmados que asesinaron a esos niños y a los que la miramos sin apenas detenernos en todo lo que nos dice de lo que somos como sociedad. Un pie de foto en que abunde en todos los pecados que contiene.
Los pequeños parecen dormidos, recargados junto a un muro. En primer plano, de pie se ve parcialmente a una persona que lleva guantes azules de látex y un teléfono en la mano izquierda –seguramente se trata de un perito de esos de los servicios periciales; servicios inútiles pues existe la sensación que este asunto pronto será olvidado por nuevos horrores.
Mientras esos niños yacen, mientras la imagen se disuelve en la vorágine de horrores, algunos en este país siguen con atención ese otro caso que entretiene los días previos al asueto de la independencia: el de Mara, la jovencita que finalmente apareció muerta, luego de haber sido asesinada por un conductor de Cabify.
Pero yo sigo dándole vueltas a esas imágenes. Niños morenos, de vestimentas pobres, miserables entre los miserables, culpables de haber nacido en el peor lugar del mundo y de circunstancias desgraciadas que tal vez nunca conoceremos. Uno de ellos, el que está de espaldas y más cerca del objetivo lleva una camiseta verde, una de esas de la selección de futbol con la palabra México en la espalda, en la tipografía esa que Pedro Ramírez Vázquez creo para la Olimpiada del 68.
¿Sería su tesoro? En todo caso un sueño de un futuro que le estaba negado.
Sería morboso abundar en la mirada helada antes de la muerte, que congela en sus ojos ya muertos la imagen de los asesinos; en cambio pienso en la mañana antes del crimen cuando esos niños eligen, entre sus pobres y escasas prendas, las ropas con que serán encontrados, horas o días después ya muertos.
Dice Amnistía Internacional, a propósito del crimen de Mara, que el estado mexicano es un estado machista, que desprecia la vida de sus mujeres. Mienten: este es un Estado que desprecia la vida de sus mujeres, de sus niños, de sus jóvenes y de todo mundo. Ya lo dijo el que muchos consideran algo así como el preclaro ejemplo de la música de la tierra: la vida no vale nada.
No escucho las condenas, no veo a nadie escandalizarse.

 

AgustÍn Lazcasas

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