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OPUS MEI | 25/06/2017 20:45

Leave that kid alone

Leave that kid alone

Los padres que tienen hijos pequeños o adolescentes, ven con temor que se acercan las vacaciones de verano; muchos están ya ideando cómo sobrevivir a esas largas semanas en que la escuinclada no está bien resguardada –que es un decir- en escuelas y colegios.
Para eso, ya lo he escrito alguna vez, se inventó ese remedio prodigioso que es el curso de verano: una manera de deshacerse de los menores, al menos por algunas horas.
Yo, como los de mi peña, podíamos disfrutar de las vacaciones, como lo hacíamos de las tardes en que los deberes escolares lo permitían; lo mismo pasaba con los fines de semana. Para eso estaba la calle.
Ya se sabe: los tiempos cambiaron y ahora las calles son peligrosas; dejar a los niños en la calle es cosa de padres desaprensivos. Quienes lo hacen, es porque no les queda otro remedio. O porque tienen la vaga esperanza de que estos no regresen hasta bien entrado agosto.
Pero la calle nunca tuvo buena prensa, ni en aquellos años. La calle estuvo siempre asociada con vagancia, con ociosidad y con las malas compañías. Ya se sabe que como sustantivo, “callejero” nunca estuvo bien visto. Para justificar la mala conducta de alguno que creció retorcido, se solía apelar a una explicación que no aceptaba réplicas: es que creció en la calle.
¿Qué hacíamos en las calles, entonces? Pues eso: vagar, estar de ociosos, jugar futbol y, ocasionalmente, acabar a golpes con otro niño. A mí esto de darme de puñetazos nunca se me dio del todo, porque siempre fui más de temperamento pacifista, que es un eufemismo para no tener que reconocer que era un cobarde.
El asunto es que nada bueno podía sacar uno de la calle, que estaba llena de tentaciones (aunque no me acuerdo de cuáles), pero sobre todo de malas compañías. Para una madre de aquellos tiempos todo el que se le acercara a sus retoños era una mala compañía, aunque pocas reparaban que en muchas ocasiones eran los hijos de sus entrañas los que eran malas influencias para los demás.
Y luego llegaron los videojuegos, como sucedáneo de los futbolines y de, lo que es peor, juegos dignos de bribones en potencia, como el billar.
Viéndolo al paso de los años y en perspectiva, es un milagro que en estos momentos no esté yo (y muchos de los que crecieron conmigo) a salto de mata, atracando bancos y escondido en la serranía, expuesto como estuve a tantas acechanzas.
Yo la primera máquina de videojuegos que recuerdo, era una que simulaba –de muy mala manera: era primitiva- una cabina de un avión caza de la Segunda Guerra; el chiste del juego ese, además de quitarnos las pocas monedas que teníamos en los bolsillos, era derribar Zeros japoneses, antes que uno de éstos nos derribara a nosotros. Cuando llegaba el fatal momento aparecía ese clásico mensaje aguafiestas: “Game Over”.
No me aficioné mucho a esas cosas, sobre todo porque era torpe para esos asuntos y un futuro enfrente de esos cachivaches, instalados luego en las ya extintas arcadias, se me pintaba como de despilfarro y ruina.
La misma opinión tenía la sociedad biempensante. Recuerdo que una denuncia frecuente de la prensa en los años ochenta, era la de negocios de esos que se instalaban por doquier, instando a los niños a la vagancia y al derroche. Los niños, según aquella visión del mundo, deberían estar estudiando en casa las tablas de multiplicar y los principales órdenes y familias de las dicotiledóneas –cosas que, ahora lo sabemos, sirven para dos cosas.
Mucho me temo que nos hubiera ido mejor si nos hubiéramos aficionado a las calles y esas actividades de perdición. Uno que se hubiera hecho un as del futbol, un consumado boxeador o un experto en videojuegos, entre nosotros, hubiera ganado mucho más que los que se hicieron dentistas, contadores públicos o agrónomos.
A las pruebas me remito: Cristiano o Messi, ganan más en un mes que todos los gerentes de banco de todo México en un año. Floyd Mayweather, por poner otro ejemplo, puede derrochar una fortuna de cientos de millones de dólares y recuperarse en dos patadas en la pelea que va a tener dentro de poco con un barbón, que también se va a llevar un dineral.
Cuento esto luego de ver en las noticias que se celebra en Madrid, algo así como un campeonato mundial de no sé qué videojuegos. Ante una arena llena de aficionados a esas cosas, los ganadores se llevarán cientos de miles de euros.
Me puse a investigar: el que gane este año el campeonato de FIFA 17, que es un videojuego endemoniado del que no entiendo ni los rudimentos, se llevará 200 mil dólares. Mientras tanto en Seattle, en agosto, harán un campeonato de unos juegos de esos de video, que se llaman Velve y Dota 2 (de los que ignoraba hasta la existencia); la bolsa de ese campeonato es, agárrense, de 40 millones de dólares.
¿Todavía piensa mandar a sus escuincles a un curso de interpretación teatral o a un cursillo de acuarela?
Yo a los míos, con perdón, los voy a poner de patitas en la calle, en cuanto salgan de vacaciones. Tengo uno ambidiestro, que si hace fortuna en el beisbol me puede asegurar una vejez tranquila.

 

AgustÍn Lazcasas
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