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OPUS MEI | 18/02/2018 20:55

Diseño inteligente

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"Alguien debió de haber calumniado a Josef K., porque sin haber hecho nada malo, una mañana fue detenido". Así empieza el proceso de Franz Kafka y seguro inspirados en ese cuento los señores de Finanzas del Estado fue que diseñaron el tortuoso proceso para hacer el canje de placas.
La mañana del miércoles 31 de enero desperté y el dinosaurio seguía allí. Había pasado dos semanas en Denver y en las Rocallosas y de nuevo estaba en esta tierra de apaches, con los problemas de siempre y un hueso atorado en la garganta: tenía desde octubre tratando de plaquear aquí una camioneta que tuve a mal, como si hubiera cometido un crimen, comprar en Guanajuato.
Yo y una persona que me auxilia habíamos pasado no menos de diez o doce mañanas enteras tratando de hacer el trámite, siempre para enterarnos que faltaba un pago, un comprobante, un papel, pues alguien había determinado que había que dificultar de todas las maneras posibles que un mortal franqueara las puertas de la ley.
Me imagino al ex-tesorero y a un grupo de asesores, reunidos en un antro tenebroso, inventando un proceso complicado y, riéndose a carcajadas, agregando dificultades adicionales:
-Qué tal –decía alguno-, si desconocemos el valor de la baja del vehículo y pedimos la partida de bautismo del señor que apretó las tuercas del auto…
Cuando regresé mi ayudante me anunció que había llevado, previa cita, el vehículo a la Policía donde, efectivamente, habían comprobado que se trataba de un auto sin reporte de robo. Me lo anunció como un triunfo y yo le reclamé que previamente habíamos presentado un certificado de la Policía de Guanajuato donde constaba que era una camioneta adquirida de manera legal y que, para más certeza, habíamos presentado un documento de la SSP federal, donde constaba que se trataba de un bien adquirido de la manera más legal.
Alguien, un socio de trabajo que tengo en Guanajuato, me había ofrecido al enterarse del lío, que en dos horas él podía hacerme el trámite en ese Estado, a lo que yo le repliqué que quería hacer las cosas bien y no se me antojaba darles el gusto a nuestros burócratas; lo mismo le dije a quienes me decían que ellos conocían un ‘gestor’ que…
El asunto es que todavía perdimos un par de mañanas más allí haciendo comprobaciones absurdas, enfrentando funcionarios reclutados según el criterio de comprobar que sus facultades mentales no estaban justamente en su sitio, hasta que pedí el concurso de las personas de las concesionarias de las marcas de autos que, al tratar de ayudarme, me advertían que había una clara intención de enloquecer a quien tratara de salir bien de la cabeza de este trance.
Tendría que escribir una novela, kafkiana en todos sus aspectos, sobre este absurdo, y mientras transcurrían las semanas y los meses repasaba mentalmente la forma de este artículo, que denuncia cómo un grupo de personas se empeña en fastidiar a todo mundo, por el puro gusto de hacer sentir su autoridad.
Sin embargo, y debo decirlo, me encontré que por cada retardado perdonavidas y cada inepto que me encontré allí, dispuesto y con órdenes de poner obstáculos, había un montón de personas dispuestas a ayudar, sabedoras de que aquel enredo era ridículo y bien disponibles para tratar de salir ellos mismos y nosotros de aquel endemoniado asunto.
Lamento no tener los nombres de todos, pero a cada uno le estoy agradecido. El trámite final, el del pago –porque de eso se trataba eso: de sablearnos-, lo hice con una mujer que es un ejemplo de amabilidad. Le pregunté su nombre y me respondió que se llamaba Adriana de Lira. Muchas gracias.
Tras casi cuatro meses, luego de decenas de horas perdidas y tras el pago de una pequeña fortuna, salí con las placas de esa camioneta. Llegué a casa, le prendí fuego al vehículo –en maldita hora lo compré- y bajé el Dalí del lugar principal de la sala de casa, para colgar las placas que acababa de conseguir. Nunca nada me costó tanto esfuerzo en la vida.

 

AgustÍn Lazcasas

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