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OPUS MEI | 25/07/2017 21:07

El extraño enemigo

El extraño enemigo

Pues parece que no va a ser Masiosare, sino Juan Carlos Osorio, ese famoso enemigo que refiere el Himno Nacional.
Veo en la televisión la hermosa recepción, digna del prócer que es, que algunos civilizados aficionados le dieron al seleccionador mexicano, entiendo que el lunes pasado, ya de regreso de los Estados Unidos, donde los nuestros hicieron el insigne papel que hicieron. Los detalles son de todos conocidos.
Los que vitoreaban a Juan Carlos Osorio, no se lo comieron, afortunadamente. Ya tiene este país mala prensa, como para que, por culpa de una pequeña horda de salvajes, confirme al mundo entero que, además de todo, somos también caníbales.
Antes de eso, el domingo en la noche, yo me enfrenté a un gran dilema. No podía decidirme. En las manos sostenía, tembloroso, la biografía de Kafka que, dice la leyenda, Reiner Stach escribió tras dedicarse una larga década a hurgar en la vida del escritor checo; en la televisión –esa terrible droga-, daban, al mismo tiempo, tres partidos: el de los Cubs contra Cardinals, en Wrigley Field; el de esa potencia futbolística que es el Necaxa y, para más inri, el de la Selección Nacional.
Con un ojo al gato y otro a la televisión, me serví del mando a distancia para alternar: un párrafo sobre Max Brod por aquí, media entrada por acá, un trozo del juego de los necaxistas más allá y acullá lo de la Selección.
Pero todavía antes de eso vi, con desazón, la ceremonia de los himnos nacionales. No faltaban los enmascarados, las rubias de ixtle, hombres y mujeres embutidos cual tamal en camisetas verdes lustrosas; para vergüenza nacional andaba por allí el infaltable Chapulín y la infaltable China; mariachis, guerreros aztecas (o lo que algunos suponen que era un guerrero azteca) y niños con cara de pazguatos, completaban el cuadro.
Comenzó lo del Himno y con él esas escenas de cañonazos, vientres abiertos por las bayonetas, espadas a punto de dar el sablazo letal, campiñas con ríos de sangre corriente… ¡Una chulada!
La memoria me llevó a Santiago de Chile, un día de agosto o septiembre de 1993, que fue el año que pasé allá una temporada.
La primera vez que llegué a la hermosa Capital chilena, todavía operaba el viejo aeropuerto Comodoro Arturo Merino; las obras de la terminal nueva se erguían, cruzando una calzada como un gigante imponente. Pasé los controles migratorios sin grandes problemas y abordé un taxi. Como un topicazo, el conductor era un maestro represaliado por el chacal Pinochet que, aunque no lo crean, había estado exiliado en México.
Allí, camino de aquel hotel en Las Condes donde estuve las primeras noches, el señor me mostró cuan agradecido estaba con nuestro país –que algo bueno debería de tener-; como muestra de gratitud me recitó, mientras conducía, toda, pero toda, la letra de nuestro himno. Y cuando digo toda, digo que incluía esas estrofas que no nos sabemos ningún mexicano.
Esas que si nos las recitan, no sabríamos exactamente de qué nos están hablando, como por ejemplo lo del “héroe inmortal de Zempoala” o la mentada “sacra bandera” de Iturbide, entre otras linduras, que nos legó el poeta Bocanegra.
En fin que estaba yo el domingo preguntándome si no sería buena idea –y perdón que insista-, pensar que un niño que identifica su Nación con guerras, matanzas y esas cosas (y que escucha que en México festejamos a la muerte y esas sandeces), no tiene ya metida en la cabeza esa necrofilia, que luego se traduce en la masacre nacional.
Pero los bravos guerreros aztecas, anda tú que van y hacen otro ridículo; no el ridículo de sus vidas, pues no es el primero y no será, lo presiento, el último de los equipos nacionales.
Las redes estallaron de indignación. La goleada de Chile ya nos hacía presentir que el señor Osorio mucho cariño no es que nos tenga; lo de Alemania de hace unas semanas, ya lo puso en el punto de mira; lo del domingo ya sonó a chance, ¡eliminados por Jamaica!
Yo mismo, debo admitirlo, me sumí en una ensoñación: en que me encontraba en un callejón a Osorio y a sus compinches –Decio y Cantú- y les caía a patadas; ensoñación de la que me sacó de inmediato mi profundo sentido pragmático: no sé Osorio, ni Decio, pero seguro que Cantú –que se ve que es un tipo de pocas pulgas-, iba a acabar conmigo de dos bofetones.
Luego vino lo de los insultos en el aeropuerto, que me pareció un exceso. Total, dice ese dicho –que seguramente ya no debe citarse pues no es políticamente correcto- de que no tiene la culpa el indio, sino el que lo hace compadre.
Pero esta mañana cobré la dimensión de las cosas. Ya anoche Gómez Junco –que me parece algo así como el Valdano nacional; un tipo muy inteligente-, ya había dicho que nuestro pobre país tiene problemas más, mucho más graves, que los ridículos de nuestro equipo de futbol. Algo así dijo, decía que esta mañana, un comentarista que escuché en la radio, en un noticiario.
Al comentar sobre la agresiva recepción al seleccionador, dijo que daba qué pensar: si así le reclamáramos a nuestros políticos, otro gallo nos cantaría.

 

AgustÍn Lazcasas

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