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OPUS MEI | 16/11/2017 21:25

Las cuitas de un comprador

Las cuitas de un comprador

Decido, por pura urgencia, comprar unos tenis nuevos; los míos ya no los quiso ni el pordiosero al que se los ofrecí hace unos días: todo por servir se acaba.
Son unos tenis de mundo. Han corrido por el Hyde Park de Londres, por el Lake Shore de Chicago, por el City Park de Denver (en senderos nevados); su ruta más conocida es la que va del pueblo a la playa de Castelldefels: de la Avinguda Constitució al Anec Blau, de allí a la barda perimetral del Canal Olímpic… Hay que cruzar dos puentes empinados, para llegar al pueblo de playa, antes de salir al Paseig Maritim: 3.2 kilómetros de ida y, obviamente, la misma distancia de vuelta.
También han trotado bajo la lluvia de abril en el Prado de San Sebastián y el Parque María Luisa de Sevilla; por el Retiro de Madrid y, creo que alguna vez, por el Parque San Francisco de Oviedo.
La verdad que me rindieron diez veces el precio que pagué con ellos, aunque no recuerdo dónde los adquirí.
Pero están hechos una ruina y al verme con ellos puestos alguna buena alma se ha echado las manos al bolsillo para tirarme unas monedas; era hora de cambiarlos.
Fui a una tienda de tenis, una que dice que es una tienda de fábrica y que según eso ofrece los precios más bajos. Tampoco se trata de ir a tirar el dinero para un artículo destinado a pisar vaya usted a saber qué cosas.
Un guardia de seguridad, cumpliendo con su deber, me dijo que no podía entrar con mi bolsa que suelo llevar a la espalda. Seguro me vio cara de ratero, como suelen vérmela los guardias de seguridad de los autoservicios y de tantos negocios, que no me quitan ojo cuando entro a sus negocios.
Para guardarla, me explicó, hay dispuestos unos casilleros junto a las cajas y que funcionan con monedas. Acostumbrado a que me confundan con un miembro de alguna banda de farderos –o con un terrorista internacional en los aeropuertos-, me dirigí a las cajas. Elegí una, metí mi bolsa y le pregunté a la chica sobre el tipo de moneda que servía para accionar el mecanismo para cerrar la cerradura y sacar la llave.
-Una de cinco pesos.
Hurgué en los bolsillos: tenía monedas de uno, de dos y de diez pesos, pero ninguna de cinco.
-¿Me la cambia? –le pregunté a la chica.
-No, no puedo abrir la caja si no es para una compra –me respondió.
Ya recordando incidentes en que vendedores de otros negocios se han mostrado indispuestos para venderme, una vez un refrigerador y otra vez una computadora, le dije que estábamos aviados, pues. Yo no tenía la moneda para dejar mi bolsa y ella no tenía cambio, mientras que el guardia ya me había dicho que así no podía entrar a la tienda.
-Me la puede dejar a mí –me dijo la chica.
-¿Con mi cartera, mis teléfonos y mis cosas personales dentro? ¡Ni pensarlo! –dije ya perdiendo la paciencia. -¿Por qué voy a confiar en que usted no es miembro de una banda de ladrones de bolsas, si ustedes me ven cara de ser miembro de una de rateros?
Se encogió de hombros (como pensando: pues hágale como quiera). Y yo le hice como quise: me largué echando pestes y me quedé sin cambiar mis tenis; total que los míos, viejitos y rotos como están (por no hablar de las emanaciones tóxicas que emanan de ellos), igual me duran cinco años.
Y luego se quejan los comerciantes que sus ventas están por los suelos.

 

AgustÍn Lazcasas
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