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OPUS MEI | 20/09/2018 20:52

Riesgos secundarios

Riesgos secundarios

Estaba haciendo algunas notas para un artículo que no pienso escribir (o a lo mejor sí), enumerando las razones y mis suposiciones que me llevaron a pensar en convertirme al judaísmo (otra vez insisto: es en serio) y los razonamientos que ahora me ocupan y que me dicen que tal vez no podría hacerlo; por puras razones que tienen que ver con mis extrañas involuciones mentales.
Estaba anotando algunas ideas sobre el dilema de optar por la rama sefardí o por los askenazí, anotando que aunque los sefarditas están más ligados a México –de hecho usted puede serlo aunque tenga metidas en la cabeza estúpidas ideas antisemitas-, la rama ‘alemana’ tiene importante presencia sobre todo en la CDMX, tras una emigración de hace cien años, días más o menos, llegada entiendo que de Líbano y Siria.
La idea más lograda era que cualquiera que leyera el Libro Negro de Grossman y Ehrenburg y no fuera corriendo a la sinagoga a circuncidarse es que de plano era un canalla (o un nazi, que quedan) y que entonces Primo Levi tendría razón: después de la shoah, ya no queda nada.
Luego, claro está –pensaba- están Palestina, Netanyahu…
Y ¡tómala!, allí me pegó la punzada.
No voy a intentar explicar lo que es vivir con dolor crónico: los que lo padecemos sabemos lo que es; los que no lo padecen, no tienen ni idea, ni manera de entenderlo.
Pero, claro, una cosa, es el dolor crónico, que es una particular manera de vivir la vida del Sísifo y otra cuando a uno le atacan dolores de esos que hay que medir en rojo sangre en la famosa escala EVA, que son los que a mí me dan de vez en vez sobre todo cuando se me colapsa el cuello y no sé qué nervio se pellizca.
Yo tenía ya meses sin sentir que un ataque de esos se aproximaba, para lo cual tengo (casi) siempre analgésicos de caballo –Tramadol y esas cosas-, que tomo antes de que las palpitaciones se conviertan en una especie de descarga eléctrica que me sube hasta el meollo de la cabeza.
Hace unas semanas, pues así soy de optimista (o sea de menso), noté que mi habitación ya olía a bodega de farmacia o, mejor dicho, a lo que olía la habitación de la más vieja de mi casa: una tía abuela que murió, hace ya unos veinte y pico de años, ya casi centenaria y que pese a morirse de nada, tenía una extraña afición por los medicamentos.
Total que anoche cuando comenzó ese palpitar (que tiene tu mirar), pensé que lo de menos era bajar a la cocina y buscar allí una píldora de cualquier analgésico de esos y evitar una crisis, como aquella en que tuvieron que, de plano, irme a inyectar cortisona en el cuello a media madrugada.
Como no encontrar, no encontré ni aspirinas; bueno, sí encontré antiácidos y como diez cajas de banditas, lo que me hizo pensar que seguramente en casa nos cortamos con demasiada frecuencia, aunque según yo y mi memoria, hace mucho tiempo que allí nadie se pincha ni un dedo, ni se rebana la mano cortando el pan o la cebolla.
Llegué a pensar que mi única opción era vestirme, salir a la calle a media noche y salir a buscar alguna cosa a alguna farmacia, o de plano tomarme una de esas píldoras de Vicodin que me recetó aquel doctor Dallas en Chicago, una vez que llegó aullando de dolor a su consultorio y que, ya curado del ataque por gracia de ese medicamento, tuve aquella noche de alucinaciones en que fui perseguido con obstinación por la niña diablo en su caballo.
Rebuscando en los cajones di con una tableta de esas de aluminio, ya muy ajada y polvorienta, que contenía dos píldoras largas de impreso, ya en letras casi ilegibles, que se trataba de un Naproxeno de una casa española, lo que me hizo temer que ese medicamento había caducado en el 98 o antes; pero el dolor es el dolor y en estos casos primero se toma uno las pastillas y luego averigua.
Yo lo averigüé con un extraño cosquilleo y un más raro todavía dolor de los dedos de la mano derecha, que me hizo suponer –así me pongo yo- que así acaban los días de ese hombre valiente que fui yo; valiente y considerado: podría yo haber bajado la escalera pegando de alaridos de ‘¡que me muero!’, para que me llevaran al hospital, pero así como soy de asustadizo, soy muy de no andar causando molestias.
Me fui a la cama, sintiendo el dolor de dedos pero viendo, con alivio, que desaparecía el palpitar del cuello y el hormigueo cedía. Me quedé dormido, así sin más, lo que ya es raro, pensando que tampoco se perdía mucho si yo ya no amanecía y de paso yo me libraba de este mundo de injusticias y perfidia.
¿Qué pasó? Pues que me desperté y me vine a escribir, lo que creo que es prueba suficiente de que, si uno no se toma muy literalmente a Quevedo, los difuntos no escriben tonterías –ni tonterías ni nada.

 

Agustín Lascazas
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