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OPUS MEI | 20/08/2017 22:06

El Miró

El Miró

Veo con verdadera conmoción que las tomas fueron captadas desde la que debió de ser mi ventana; una oleada de turbación me recorre la piel cuando veo el mapa del recorrido de la furgoneta, desde el carrer de Pelai, hasta la boca de la estación Liceu, del metro.
Fue hace 22 años, pero como si fuera ayer.
Antes de eso, unos cinco años habían pasado, la Rambla la conocí una noche oscura y fría de 1989. La ciudad no me gustaba nada y la calle esa me pareció siniestra. No me imaginaba que pasado el tiempo llegaría a ser mi casa.
Ya de regreso, de hecho con la vida metida en dos o tres maletas, la primera noche la pasé en un hotelito de la calle Ferrán. Había llegado un par de horas antes a la estación de Sants, en un tren Talgo que me llevo de Madrid; allí, en la estación, conseguí aquella habitación por dos noches. El taxi cruzó la noche brumosa. Recuerdo que el taxista cruzó la Plaza de España, tomó la Gran Vía y pasó frente al viejo edificio de la Universitat –donde pasaría tantas horas-. Bajó, supongo, por Urquinaona y pronto me dejó a las puertas de aquel hotel, el Hotel Allegro.
Fue dejar la maleta y bajar, por recomendación del chico de la recepción, al Café La Ópera, allí en la Rambla.
Dos días después tuve que buscar hotel y justo camino de la Universitat, donde estaba ya haciendo los trámites de ingreso, di con el Hotel Pelai; desde el balcón de aquella habitación del cuarto piso, veía un rincón de la Plaza Catalunya y, a la izquierda, la torre con el reloj y la campana del viejo edificio de la UB.
Pero los días pasaban. Yo me entretenía entre la búsqueda de un piso y los trámites en la escuela, por no hablar de contar el dinero que se iba agotando. No sabía cuánto tardaría en encontrar dónde vivir, así que para estirar el dinero me mudé a un hostal.
No recuerdo cómo fue que di con aquel establecimiento, cuyos balcones daban a la Rambla, aunque el ingreso era un pequeño portal de la calle Sant Pau, justo frente a las tapias que cubrían lo que fue la fachada del Teatro del Liceu, que se había incendiado en enero de ese año –y que estaba siendo reconstruido.
Pagué el anticipo, fui al Corte Inglés de la Plaza Catalunya y compré allí un maletón que llevé arrastrando al hotel. Metí mis cosas a ese cachivache desproporcionado y allí fue que hice el recorrido ese, arrastrando la maleta: de Pelai hasta el viejo Triangle, donde estaba el viejo Zúrich, para cruzar a Canaletas y bajar hasta la iglesia del Carme, cruzar por delante de La Boquería, cruzar el carrer de l’Hospital y alcanzar aquel hostal.
Hoy en los diarios dicen que esa es “la Ruta de la muerte”.
Ya se ve, en la vida, unos recorren los caminos haciendo lo que saben hacer. Yo iba arrastrando la vida en una maleta y algún bestia, recorrió esa ruta sembrando cadáveres.
La habitación era un galerón con cinco camas, una pequeña televisión y, un lujo, un baño propio. El balcón era un regalo, en un tercer piso.
La primera noche, luego de trajinar todo el día, visitando pisos, consiguiendo una computadora, conociendo la ciudad, salí con un cigarrillo y una cerveza a ver el barullo que traían un grupo de turistas, una docena de chicas rubias que gritaban en una lengua extraña.
Allí estaba el Miró debajo –en el que no había reparado-, debajo de la sombra larga del dragón que sale de la pared junto a la Casa Bruno Cuadros, cuidando la callecita curva que llega a la basílica de Santa María del Pi.
Desde allí alguien tomó esa imagen terrible de la furgoneta empotrada en la entrada del metro, luego de haber sembrado de cadáveres aquella Rambla donde tantos pasos he gastado.

 

AgustÍn Lazcasas
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