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Manual de instrucciones
23/05/2017 20:38 (-6 GTM)
En Les Temps de París (el mítico periódico desaparecido tras la ocupación nazi, en 1942), en febrero de 1887 se publicó un manifiesto de los intelectuales franceses que, en tono indignado, repudiaban la construcción, entonces en curso, de la Torre Eiffel, ese amasijo de hierro que domina la Ciudad Luz y que fue inaugurado para la Expo Universal parisina de 1889. Los firmantes llamaban a la estructura “inútil y monstruosa”.
El manifiesto es reproducido en el texto sobre la Torre, que en 1964 escribió Roland Barthes. El erudito comienza su texto contando que Maupassant, firmante del manifiesto y público enemigo del monumento, desayunaba en un restaurante sito en la estructura a menudo. Se justificaba el cuentista de aquel despropósito, cita Barthes, en que allí era “el único lugar (de París) desde donde no la veo”.
No lejos de allí, al cruzar la Rue des Écoles, frente al Collége de France, donde impartía sus cursos, Barthes fue atropellado poco menos de un siglo después. Era el 25 de febrero de 1980; por causa de las heridas del percance, moriría un mes después, el 26 de marzo.
La ruta que se me ocurre para llegar a los Campos de Marte y a la Torre, desde el lugar del atropello, es seguir la Rue, hasta el cercano Boulevard Saint-German, en paralelo del río y con rumbo al oeste; tomar la Rue de Bac y alcanzar la Rue de Grenelle, que da un giro y se convierte en la Avenue de la Motte-Picquet, hasta llegar a la École Militaire. Y allí la tienen, al final de los Campos. Todo sin salir del VII Distrito.
La Torre Eiffel, testigo mudo de un lamentable accidente y una lamentable muerte. Barthes tenía sólo 65 años.
Alguna vez escribí que la muerte del sabio había pasado desapercibida, sobre todo porque muy poco después, el 15 de abril, moría, también en París, Jean Paul Sartre –cuyo pensamiento ahora es menos relevante que el de Cherburgo-; aunque eso ya es otro asunto.
Pero ahora resulta que Barthes murió asesinado y, para más sorpresa ¡por los servicios secretos búlgaros!
Ignoro qué hay de cierto en que Barthes, al ser atropellado, recién salía de un almuerzo con François Mitterrand –candidato, a la sazón electo presidente de Francia, el primer socialista en llegar al Eliseo, en 1981; gobernó al país galo en dos períodos consecutivos 1981-88 y 1988-95-, pero leo con interés el desarrollo, imaginario, de esa hipotética reunión.
Claro que Barthes es asesinado. No el pensador de origen vasco francés, por supuesto, sino el protagonista involuntario de la novela de Laurent Binet (La séptima función del lenguaje, Seix Barral), que al parecer estaba en posesión de un secreto terrible, extraído de algún texto del sabio ruso Roman Jakobson, que se disputan los búlgaros, unos misteriosos japoneses y, en bandos opuestos el propio Jakobson y el filósofo estadunidense John Searle, por un lado; el mismísimo Jaques Derrida –agente de Mitterrand y del siempre mal recordado Debray-, por otro; y por un tercer bando, el de la conexión búlgara, donde están la Julia Kristeva y su delirante marido, el novelista Phillipe Sollers.
Todo está servido.
Desfilan por las páginas de la novela, además de Barthes y compañía de Tel Quel, el infaltable Foucault, el entonces ya fallecido John L. Austin, Lacan, Bernard-Henry Lévy (al que sigo leyendo de vez en vez en El País), Althusser (y la pobre Hélene que es estrangulada, como lo fue en la vida real, por perder un papelito: que contenía el secreto), Umberto Eco, Todorov y numerosas figuras más del pensamiento francés (ya descritas por Sollers en Femmes, de 1993) y del pensamiento continental, como Rorty y los propios Austin y Searle.
La novela es fascinante y un ejercicio osado y logrado de metalingüística, aunque tiene el defecto, si puede llamarse así, de que está escrita para lingüistas, o para personas familiarizadas con el estructuralismo y el llamado posestructuralismo. Conducen la trama Simon Herzog, un joven profesor de semiología (el protagonista también involuntario; la broma le cuesta la mano en un taller de Murano) y Bayard, un sagaz inspector de la Policía francesa, encargado por Giscard para desatar el nudo gordiano de la endemoniada trama.
La novela está en las librerías –yo la compré en Gandhi-, por si alguien gusta.
Lo que quiero contar, mientras veo que espacio me queda muy poco –lo que me obligará a una continuación-, es que a la tercera página estaba yo, o el recuerdo de quien era yo hace veinte años, en un salón del cuarto piso del nuevo edificio de la Facultat de Filologia de la UB, al que se entraba desde el viejo edificio de la Gran Vía o por el acceso de la calle Aribau, en una de esas deliciosas y muy francesas –luminosas y caóticas- clases de Xavier Laborda, mi querido maestro. ¿Hablando dé? ¡Pues de Barthes y las cuentas de la lavandería!
Todavía sin terminar el libro, ajeno al sorprendente desenlace, me animé a escribirle una de esas cartas que le remito de vez en cuando. Le hablo del libro de Binet, suponiendo que lo ha leído. Ayer recibí su siempre atenta respuesta, donde me cuenta que incluso ha hecho una reseña del libro; reseña que le solicito y que a vuelta de email hoy tengo conmigo.
Se me queda en el tintero el asunto capital del libro, que es el lenguaje como arma secreta y referencias de cómo la elocuencia en los labios equivocados es como una bomba atómica en manos de los yihadistas, por decir algo. Pienso en Pericles (lanzando a Atenas a una guerra suicida), pienso en Hitler (la anterior novela de Binet trata justo sobre los nazis en Praga), y pienso hasta en Trump; como Binet piensa en Mitterrand y hasta piensa en Barak Obama.
Anoche, al leer las últimas páginas de la novela, pensaba en que estaría bien recomendar su lectura a nuestra clase política –que ha degradado el lenguaje al nivel del gruñido- y en las líneas que tendré que escribir en el próximo artículo.



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