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OPUS MEI | 17/10/2017 20:48

Presunciones

Presunciones

Me quedé pensando, y en eso ya hay mérito, sobre si al final de cuentas no sonó a presunción cuando en mi artículo anterior me puse a contar que me había aventado, de cabo a rabo, las dos mil y pico páginas del libro de Reiner Stach sobre Kafka.
Muchos años antes, cuando leer era una actividad que tenía cierto prestigio –y de poca utilidad, por cierto-, algún tiempo presumí que había sido capaz de leer el Ulysses de Joyce; ese falso orgullo se terminó cuando encontré que algunos conocidos míos habían completado la hazaña, esta sí, de leerse la Finnegans Wake, que es una empresa intelectual para mentes mucho más osadas y capaces que la mía.
Hace muchos años Chava Camacho solía preguntar a los que comenzaban a presumir de teóricos si se habían leído El Capital; a los que contestaban afirmativamente (yo sólo me atreví a confesar que había leído fragmentos de mi vieja edición de Siglo XXI), les planteaba una segunda pregunta, esta demoledora: ¿Y le entendiste?
Nunca más presumí haber leído el Ulysses, porque siempre estaba en riesgo de que alguien lo hubiera entendido (yo no) y quedara como el burro que soy; mal entendí El retrato (los Dublineses me parecieron nebulosos), como para andar yo de bocón.
Daniel Sada, que era un gran lector de Elizondo (otro escritor que me resulta críptico), decía que la única manera de leer el Finnegans era en “tono de una gran broma”; como yo soy gente seria y soy poco de bromas, sé desde hace mucho (el libro completo traducido al castellano no apareció sino hasta el año pasado), que en esa empresa no me voy a embarcar.
Pero el asunto de fondo es que no creo que eso de andar leyendo tal o cual libro sea cosa como para presumir; de hecho el hecho de leer parece que de un tiempo a la fecha tiene mala prensa.
Decía Hasek en su celebérrima novela aquello de que lo que te tocó por suerte, no lo presumas por fuerte; yo conozco gente que es capaz de estar horas y horas papando moscas o viendo la pantalla de su celular y supongo que en ello hay el mismo mérito que en ponerse a hacer ecuaciones integrales por diversión o echarse el maratón de la risa. Cada uno se entretiene en lo que se le viene en gana.
Hablando de maratones, me dicen que ahora está de moda aventarse sesiones de varias horas frente al televisor, justo para ver maratones de tal o cual serie; el paradigma de este entretenimiento –que a mí me resultaría imposible- parece ser Netflix. Yo paso.
No es tampoco para presumir pero yo puedo aventarme estas jornadas maratónicas viendo tres o cuatro juegos de beisbol; es una vieja costumbre mía usar el primero de cada año para sentarme a ver tazones del futbol americano colegial, comenzando a las 11 de la mañana y terminando cuando a media noche ya estoy haciendo bizcos y balbuceando.
Hoy mismo, sin que tenga que dármelas de gran lector, termino estas líneas para ver el juego del Real Madrid en la Champions, y luego seguirme con el juego de los Yankees y rematar con el de los Cubs. Si me va bien y no hay entradas adicionales, espero estar ya en estado catatónico antes de la media noche.
Y hasta la que sigue, que se me hace tarde.

 

AgustÍn Lazcasas

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