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OPUS MEI | 21/11/2017 20:26

Invictus

Invictus

“Me largué echando pestes…”
Así terminaba mi artículo de hace unos días, creo del viernes pasado, luego de mi berrinche por no poder entrar a una tienda de deportes, donde pensaba comprarme un par de zapatos tenis –que me urgían.
Pero no, la historia no terminó allí: a mí me seguían urgiendo los tenis esos.
El viernes salí de mi trabajo relativamente temprano y decidí que sería buena idea irme a casa y descansar. Camino de casa vi que apenas iban a dar las ocho y que sería buena idea pararme en algún centro comercial a conseguir esos zapatos tenis. Me acordé que ya era el Buen Fin y descarté irme a meter entre el tumulto. La tienda de mi berrinche de la semana pasada quedaba de paso, así que decidí intentarlo de nuevo.
Corría el riesgo de que las chicas de antes me miraran con ojos irónicos y me dijeran con esa mirada burlona: ¿No que no?; corría el riesgo también de que de plano me echaran a patadas.
La tienda estaba a reventar: allí dentro también había buen fin. Las chicas de antes no estaban a la vista y el guardia se me quedó viendo con cara de “yo a este lo conozco”. Entre empujones alcancé la zona de las zapatillas, tomé un par, vi que eran de mi número y me fui a la caja. Allí otra joven me dijo que si tomaba otro par me llevaría la promoción de pague uno y llévese dos (pares). Volví por un segundo par, de otro color, pagué los dos por el precio del primero y maté muchos pájaros de un tiro: tenía mis zapatillas que tanto me urgían, las pagué a mitad de precio, nadie me echó a patadas del negocio y además tenía un segundo par para el zarévich.
Moraleja: a veces (pocas, por lo general resultan desastrosos), los berrinches tienen su recompensa.
El sábado me quedé en casa; trabajé toda la tarde en mi computadora y ni por enfrente se me pasó por la cabeza la idea de ir a comprar nada por el Buen Fin. La prole quería ir al futbol, pero los convencí de que estaba a punto de que me diera una gripe cerebral y de mala gana se quedaron conmigo viendo el partido por la televisión. Fue lo mejor, dados los resultados y la eliminación del Necaxa.
El domingo, tercer día de la orgía de compras, me fui a hacer ejercicio y vine al diario a trabajar. A las dos y poco de la tarde iba de regreso a casa; el zarévich, que me acompañó, me dijo que quería ir de voluntario a un acto que había en un centro comercial y que si podía dejarlo de paso.
Fuimos hasta allí y dije que no estaría mal que entrara al autoservicio que está allí adentro a comprar una baguette para hacerme un emparedado llegando a casa; el escuincle se unió a la manada solidaria y se puso a repartir volantes y yo me metí a la tienda. Cogí la pieza de pan y decidí, por tentación, ir a ver si allí a dentro no estaban vendiendo pantallas planas a 10 pesos y a ver gente merodear las etiquetas.
En la sección de televisiones había ofertas que parecían verdaderas gangas. Me llamó la atención un grupo de mujeres, de ropas humildes, que hacían cuentas para ver si se podían llevar el televisor más grande; había en ellas un sentido de urgencia, como si estuvieran haciendo cuentas para la operación de hernia de la madre o el funeral de una tía.
¿Para qué necesitan esas mujeres una televisión de sabe cuántas pulgadas? No lo sé, pero parecía que en ello se les iba la vida, como si la Rosa de Guadalupe y esos bodrios fueran mejores si se ven en un aparato que apenas cabe en el salón de la pequeña casa.
Total no era mi asunto y yo no tenía nada que hacer allí, aunque tuviera con qué, no necesito ni una pantalla, ni un refrigerador, ni una batidora de cien velocidades. En cambio necesitaba un comal –el que tenemos en casa ya había perdido la forma hace mucho y se le chamuscan las tortillas.
Fui al pasillo respectivo, agarré el comal y me marché por donde vine, muy contento con mi compra (hace unas quesadillas espectaculares, ya lo comprobé).
Puedo decir que salí invicto de este Buen Fin; espero salir así ahora que vengan las navidades.

 

AgustÍn Lazcasas
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