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Sangre de mi sangre
23/02/2017 20:05 (-6 GTM)
Aunque esto de los análisis de la sangre es relativamente nuevo –fue hasta 1901 que un señor Landsteiner descubrió que la gente tenía distintos tipos de sangre: liviana, de atole, diluida en alcohol, pesada; esta última es la más frecuente-, esto de la sangre es cosa tan antigua como el hombre: a un cavernícola le pegaban una pedrada y le brotaba la sangre de la cabeza, partida en dos; intuitivamente los humanos supimos, desde tiempos inmemoriales, que con la sangre se nos iba la vida.
Los antiguos, como los griegos (los griegos antiguos, por supuesto), suponían que la sangre era un humor, o sea un líquido que teníamos dentro, como si fuéramos ánforas de carne u odres de cuero, que en lugar del delicioso vino tuviéramos un líquido que servía para cualquier cosa, pero que de cualquier manera significaba la vida misma.
Hay un libro muy interesante sobre estos asuntos. Se llama, precisamente, Historia de la Sangre, del periodista estadunidense Douglas Starr (existe una traducción al castellano en Ediciones B) y en él se habla de cómo fuimos descubriendo, primero, que la sangre no estaba dentro de nosotros así como así, sino que era conducida por el venaje que llevamos dentro, que la sangre es bombeada por el corazón, que existen varios tipos, etcétera.
Starr señala cómo la humanidad aprendió lo que aprendió del líquido vital, a partir del sobado método de la prueba y el error. Por allí recuerdo que cuando leí me pasmó el saber que hace varios siglos los curanderos hacían transfusiones de sangre animal para curar diversos males, entre ellos la locura.
No voy a entrar en detalles, salvo comentar que la sangre tiene mala prensa. Recordemos que ya en el Génesis (capítulo IV, creo), Caín comete el famoso adanicidio y luego de fingir locura recibe los reclamos de Yahvé: La sangre de tu hermano –cito de memoria-, que has derramado por el suelo me grita por justicia; luego, a manera de castigo le dice que esa tierra manchada de sangre (que se ha bebido la sangre de tu hermano) ya no dará frutos.
Ya lo dijo Sir Winston Churchill: esto nos va a costar (ganarle a los nazis) “sangre, sudor y lágrimas”; los peores crímenes de la humanidad son los de sangre y nada peor en nuestra historia que las guerras, que son un regadero de sangre; los vampiros, que son seres malignos que nos roban la vida, lo hacen chupándonos la sangre y así todo lo que les venga a la memoria.
Domingos sangrientos, lunas de sangre, bodas de sangre, sol sanguinolento, sangre de mártires… Bueno, baste decir que en la Última Cena Jesús anticipa su atroz sacrificio y dice aquello de “beberéis de mi sangre”.
La sociedad de estos tiempos es, como ninguna otra, alérgica ya no a la sangre, sino a la mera palabra. Pensando que, como los avestruces, esconder la cabeza e ignorar que el mundo es cruel, se dirimen los problemas, esta civilización hedonista y aséptica, cree que negando el dolor este desaparece, a propósito de los despropósitos de los animalistas o los que no pueden resistir el mero pensamiento de ver un toro sangrando en un ruedo y quieren que los animales que consumimos los maten con caricias.
Todo este rollo, porque hoy en la mañana tuve que ir, por segunda vez en dos semanas a sacarme sangre, para un asunto de un malestar que me aqueja y para propósitos no de mascararme y dejarme tieso, sino para precisar un diagnóstico.
Es un asunto normal y nada excepcional. Desde la mitad del siglo pasado esto de ir a que le extraigan a uno sangre, es cosa frecuente y algunos más y otros menos, todos hemos tenido que pasar el duro trance ese de sentarse en un gabinete de un laboratorio para la dolorosa –que la verdad ni tanto- extracción.
Lejos están, hay que decirlo, los tiempos atroces de las sangrías o de las extracciones rudimentarias o, mucho peor, de aquellas transfusiones al azar en las que sobrevivían sólo los afortunados; la ciencia moderna ha logrado agujas finísimas y en general –aunque nunca falta el sádico- personal preparado para hacer la extracción lo menos dolorosa posible.
Yo, nunca lo olvidaré, tuve que hacerme el análisis por primera vez por una atroz exigencia de la escuela donde estudié la secundaria, hoy hace cuatro décadas y pico; la noche anterior no dormí, ante la sensación de que la mañana siguiente moriría desangrado. Es obvio que eso no sucedió, pues de otra manera no estaría yo aquí contando sandeces.
La verdad es que pocas veces me he visto en este trance, que sigue causándome un pánico irracional y totalmente desproporcionado al dolor que causa el pinchazo.
Yo seré todo lo hipocondriaco que ustedes quieran, pero en general he gozado de buena salud; mis achaques, mis males de piel y mis dolores crónicos, tienen que ver más con condiciones molestas, incluso dolorosas; crónicas, pero afortunadamente no graves –hasta ahora; quién sabe si de estas pruebas últimas me entere de que tengo achicharrado el cerebro.
Recuerdo dos episodios en particular. Uno, en un examen de rutina, en que la mujer del pinchazo tenía tan poca pericia, que al colocar la aguja y la probeta, comenzó a brotar fuera del depósito un pequeño y fino chorro de sangre. La mujer se giró sin darse cuenta y yo, pasmado, le grité que si aquello era normal –que no lo era-; la mujer se giró para atenderme y al ver el hilo de sangre se puso lívida y se desplomó allí mismo. Gracias al ruido que hizo al caer –tirando los cacharros que estaban en una mesa-, vino otra a solucionar aquella barbaridad.
Años más tarde, justo un día del padre y yo ya lo era del zarévich, después de un desayuno pantagruélico, me comenzó una punzada insoportable justo donde está la apéndice. Para no hacer el cuento largo acabé en el hospital. El doctor que me atendió me pidió unos rayos equis y una muestra de sangre. Ya en el laboratorio de la clínica esa llegó la chica encargada de sacarme la sangre. Era un laboratorio rudimentario: de eso habrán pasado diez años, pero allí ni agujas de doble filo, ni probetas, sino una jeringuilla que me causó pavor. Yo le supliqué:
-Hágalo como si me tuviera cariño.
Ella me miró con unos ojos que expresaban sorpresa y un dejo de odio.
-Y por qué le voy a tener cariño yo a usted, si ni le conozco.
Luego me pinchó con pericia y aquello resultó en poco dolor y en una inflamación de colon, o algo así.
Hoy más de lo mismo. Una mujer mucho más amable, un pinchazo apenas perceptible… y luego la extracción brutal de sangre de mi sangre para rellenar cuatro probetas de las gordas. A la tercera probeta, de los puros nervios, sentí que me sudaban las manos y comencé a ver lucecitas. La mujer acabó y me llevó un jugo en un pequeño envase. Tómeselo, me ordenó viéndome como se ve a un Ecce Homo. Lo que más me dolió, pasado el susto, fue la cuenta.



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