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¡Maldita sea mi suerte!
23/03/2017 20:33 (-6 GTM)
La gaya ciencia, o la ciencia goya, que da lo mismo.
Y no, tranquilos todos, no voy a hablar de Nietzsche. Para qué nos metemos en Honduras, cuando lo que toca esta noche es Costa Rica.
Lo que yo quiero contar aquí, con afán divulgativo como el del Conacyt, es un revolucionario hallazgo, que tiene que ver con la ciencia médica, la horrible enfermedad del cáncer, la salsa Maggi y las insondables trasmutaciones del azar, que los antiguos llamaron destino. ¿Qué tal?
Primera premisa: todos nos vamos a morir. Unos apachurrados por un camión, otros en un naufragio, algunos más por la letal acción de esa raza de salvajes que es la humanidad; aunque la mayoría de las personas, según las estadísticas, morirán de enfermedad. Para morirse enfermo hay opciones a patadas: embolias, infartos, comas hepáticos, insuficiencia renal, cáncer de cualquier tipo, hasta esos nuevos males que hacen pensar en que los ataques cardíacos son una bendición.
No abundemos más, no hay que ponernos macabros.
Hace unos años, allá en los años setenta, un librito se puso de moda y es en parte culpable de la obsesión occidental por la vida sana, la buena alimentación y esas tonterías, como el medio más eficaz para no caer enfermo de alguno de los tipos de cáncer. El librito se llamaba “La dieta que salvará tu vida” y hablaba de la baja incidencia de cáncer, sobre todo colo-rectal, en unas comunidades de africanos primitivos que se alimentaban de puras yerbas. ¿La conclusión? Pues que comer puras fibras naturales era la manera de disminuir el riesgo de los tumores.
Se les fue un detalle. Los africanos esos no se morían de cáncer, porque no les daba tiempo; se morían antes de hambre.
¿Y la salsa Maggi?
Es sólo una anécdota: el primer día que yo escuché la palabra cáncer. Un día, siendo yo un niño de unos nueve años, fui a comer a casa de un compañero. Era una casa donde el menú diario (fui invitado muchas veces) consistía en alguna sopa de caldo, arroz, plato fuerte y postre. Ese día el padre de mi amigo agarró la botellita de Maggi y vertió dos o tres gotas sobre su sopa de coditos. El líquido negro flotó en la superficie y se fue ramificando, en pequeños hilillos, como raíces diminutas, hasta que el señor ese metió su cuchara. La metió literalmente, meneó la sopa y la salsa de incorporó a la comida. Como yo lo veía con extrañeza (en mi casa nunca fuimos mucho de ese condimento), me dijo:
-Es salsa Maggi, y da cáncer.
Yo en casa, más tarde, pregunté qué era eso de cáncer y no recuerdo quién me contestó: una enfermedad que te pega y te mueres. El cáncer pasó así al catálogo de males mortales a los qué temer: tétanos, infartos, fiebre tifoidea, tuberculosis y hasta la tosferina (en los setentas se le tenía harto pavor a las enfermedades infecciosas y nadie hablaba de Alzheimer y estos males nuevos).
El cuento se acaba cuando, años más tarde, supe que el papá de mi entonces ex-compañero había muerto. En el funeral alguien me dijo:
-Se murió de cáncer.
Eso confirmaba las teorías al uso: a los cancerosos la desgracia les vino de alguna de dos fuentes: la herencia genética y los factores ambientales. O sea a uno le pega cáncer por culpa de la familia (y luego ahí andan algunos defendiéndola) o por factores externos. Los factores externos, a su vez son de dos tipos. Los que no controlamos: lluvia ácida, radiación, contaminación, vivir en casas con elementos de amianto, etcétera. El otro tipo son los factores que podríamos controlar, lo que quiere decir que nos la buscamos: tabaquismo, comer garnachas, empinar el codo, embutirse de carnes rojas o no vivir como los salvajes de antes a base de yerbas.
Pues resulta que va a ser que no.
Leo que dos de cada tres, sí lee usted bien: dos de cada tres, casos de cáncer son causados por “errores” en el proceso de replicación del ADN que no pueden ser atribuidos ni a la herencia, ni a los factores ambientales, ni a los malos hábitos.
O sea que el 66 por ciento de los cancerosos los son no por vivir encima de un cementerio nuclear, o por asuntos genéticos. ¿Entonces estamos hablando de brujería, maldiciones gitanas o castigos divinos? Los científicos de la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, analizaron 32 tipos de cáncer en 17 países, para determinar que dos de cada tres casos analizados fueron causados por “factores estocásticos” (no escolásticos, no vayamos a empezar).
¿Y qué demonios es eso de estocástico? Dícese de cualquier proceso cuyo comportamiento es no determinista; dicho en cristiano viejo, esto quiere decir: por azar, por pura suerte, de casualidad o porque así lo quiso el destino.
Cuento esto tomándome una gaseosa con aspartame, tras lo cual me voy a empujar unos tacos de buche, luego de lo que pienso beberme dos o tres cafés expresos y me voy a fumar un buen cigarrillo. Todo sin culpa.
O sea que estamos ante otra lotería de esas de la naturaleza (¿Qué Dios no jugaba a los dados, Einstein? ¡Trágate esta!). El resto, es que no les faltaba razón aquellos que, luego de llevar una vida sana y sin vicios, acababan diagnosticados de este espantoso padecimiento y exclamaban aquello de los gitanos: ¡Marrrdita sea mi suerte!



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