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OPUS MEI | 12/12/2017 21:26

Ya huele a beisbol

Ya huele a beisbol

-Lo que pasa –me dice alguno, en tono de reproche- es que odias la Navidad.
Me quedo pensando un momento. ¿Odio la Navidad? La verdad supongo que no: lo que pasa es que odio lo que tengo que hacer en Navidad, que es muy distinto. A mi, hasta donde me acuerdo, la Navidad no me ha hecho nada.
Odio gastar lo que no tengo, cierta unanimidad bemba respecto a los sentimientos que debe sentir la gente en estas fechas; lo peor es, sin embargo, tener que agradecer regalos que suelen ser cachivaches cuyo uso práctico nadie conoce en el planeta. Lo mismo sentiría por la Pascua judía, por las festividades a Apolo o alguna fecha señalada en el calendario zoroástrico, si me viera obligado a festejarlas. Digamos que sencillamente este asunto no va conmigo, como tampoco me va la fiesta del Eid al-Adha o la celebración de la Dashera.
Por eso no admito la etiqueta de Scrooge o de Grinch, porque puestos a creer en personajes imaginarios, prefiero creer en Rama y el gigante Ravana, que en el mono verde o en el mezquino avaro de Dickens. Punto.
Pero el problema de fondo es que la Navidad tiene el defecto de caer en invierno, lo que ya arruina cualquier ánimo festivo, a menos que uno sea tan lelo de creer que el viejo ridículo del traje rojo, los renos y la nieve tienen que ver con la festividad cristiana, cuando los eruditos señalan que el nacimiento de Jesús debe datarse, por asuntos de la Pascua, por allí de abril, que es un mes más decente para andar haciendo fiestas.
Dicho esto, lo que odio es el invierno. Odio pasar frío, odio tener que abrigarme, andar paralizado y con los ojos de plato sintiendo que se me entumecen las manos y se me engarrotan los pies; cualquier cosa que pase desde la primera helada y hasta el bendito día en que puede uno salir de casa en camiseta de nuevo, no es para mí motivo sino de acritud. Los científicos le llaman dolor somático y yo le llamo que se me pone el genio de los diez mil chamucos.
Y allí estoy en casa, con una taza de té ardiendo intentando calentarme las manos, con una manta encima de la cabeza y maldiciendo de muy fea forma, cuando veo en la televisión que Giancarlo Stanton es ya jugador de los Yankees de Nueva York, lo que en estas fechas no significa nada, pues sólo a un orate se le ocurriría ponerse a jugar beisbol en Nueva York, bajo la nevada y sabe el cielo a cuántos grados bajo cero.
Luego veo que la ESPN anuncia que el 14 de enero comienza el Open de Australia de tenis –para el que falta un mes y un día-, pero me hago el ánimo y digo que ya falta menos. Ese torneo, el primero de los “grandes” del año que viene, termina el 27 de enero según mis cuentas, lo que ya será ventaja –si no me muero antes de congelación-, justo una semana antes del Súper Tazón que, según entiendo, es el 4 de febrero.
Luego de allí ya todo será ganancia. Pasará la fiesta de Reyes (que tampoco me hace ninguna gracia), pero luego puede uno irse apoyando en agarraderas mentales para pensar que ya se va agotando el invierno (que ni siquiera ha empezado): llega la Serie del Caribe, la tontería esa de San Valentín y mientras los días se van haciendo largos comienzan los entrenamientos de los peloteros y luego las ligas de primavera, en lugares de climas mejores que el nuestro: Florida, Arizona, California…
Mientras tanto, lo que hago es hacer como que vivo, sin vivir del todo, contando las horas para que ya pasen las fiestas decembrinas, que transcurra el horrible mes de enero (y eso que ya no hay que pagar tenencias) y que un buen día vuelvan las oscuras golondrinas que dijo el poeta.

 

AgustÍn Lazcasas
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