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OPUS MEI | 18/09/2018 20:52

Dolor tan callado vienes

Dolor tan callado vienes

Con entusiasmo un poco etílico, le recomiendo a Román que lea el ‘Zuckerman encadenado’ de Roth, mientras él me cuenta cómo pudo terminar la Bella del Señor’ de Cohen –que él me recomendó y que nunca pude terminar-, mientras le explico que ahí se habla de un libro que nunca se escribió (Carnovsky), pero que debió ser un libro infame.
No sé si en mi paroxismo conté que al morir el padre del protagonista reserva sus últimas palabras, que de hecho fue una, para ajustar cuentas con el hijo, al que antes del último aliento llama, en un suspiro ‘¡bastardo!’, aunque estoy seguro que cité a Roth que al fin de cuentas concluye que la condición necesaria para ser un escritor es la de ser un hijo.
¿De qué trata Carnovsky? Nunca lo sabremos, aunque se sabe que a su autor, un judío de Newark le trae no pocos reproches y amenazas, aunque a cambio le consigue un millón de dólares. No está mal, pienso, pues de cualquier manera a todos la vida nos reserva nuestra dosis de amenazas, de insultos, de humillaciones, de reproches, pero a muy pocos les reserva un millón de dólares. Yo me conformo con la mitad –mis humillaciones han sido hasta ahora gratuitas.
Como sea el libro me tiene tan entusiasmado que rebusco en mi biblioteca y aparto los títulos de Roth que tengo ahí, leídos todos, aunque también casi olvidados, salvo ‘La pastoral…’ que leí no hace mucho. Ahí están, ordenados por años ‘La gran novela americana’, ‘Mi vida como hombre’ (la primera que es protagonizada por el cínico de Zuckerman), ‘La lección de anatomía’, ‘La mancha humana’ (sobre el escándalo Clinton-Lewinsky y que no he leído), ‘Sale el espectro’ (que concluye la saga de Zuckerman) y ‘Némesis’, que viene a ser su obra final y, entiendo yo, su versión de ‘La Peste’ de Camus, aunque puede ser que esté equivocado de manera rotunda.
El sábado abrí ‘La lección’. No debería haberlo hecho.
Así como siempre he dicho que a Simenon hay que prohibírselo a los melancólicos y a los friolentos, sobre todo en invierno, hay que decir que ‘La lección’ no es una buena idea para gente que tiene una relación peculiar con el dolor.
Trata, hasta donde voy, de dos temas aparentemente sin ninguna conexión: un dolor de cuello y la muerte de la madre, la buena de Selma Zuckerman, muerta en una clínica de Miami por causa de un tumor cerebral ‘del tamaño de un limón’. El común denominador es la culpa.
A mí me conmueve el relato de la muerte de la madre, por supuesto. Pero lo que a mí me preocupa es el dolor de cuello, dolor que a mí me afecta desde los 16 años y varias veces ha estado a punto de enloquecerme.
Me suenan familiares los pasajes donde el protagonista reniega de ese dolor que lo tortura, pero que acaba de poseerlo. Sus visitas a los traumatólogos, terapistas, osteópatas, charlatanes de toda catadura. Su necesaria recurrencia a collarines, tracciones, sesiones de terapia, de acupuntura, a los analgésicos que le están destrozando a uno los riñones. Los días en que uno amanece pensando en el dolor y terminan con un último pensamiento: el mismo dolor.
Los psicoanalistas terminan, y esto es cierto, a buscar si uno no estará redimiéndose, involuntariamente, con esos dolores; si no serán obra de un sentimiento de culpa del todo injustificado: uno nos es Hitler, ni es mafioso, ni ha matado a nadie. Luego están el Valium, las sesiones de terapia, la vuelta con los terapeutas que prometen que…
Leo todo esto mientras, ya en la noche, mi sillón de leer me resulta insoportable, aunque no menos que la cama donde trato de dejar que llegue el sueño, mientras el cuello protesta, se contrae, cruje…
Pero a Zuckerman lo consuela su harem, que le cuida en su piso de Central Park, mientras –como pasa con el millón de dólares de antes- a mí me consuela un libro de Roth, que es como decir que no me consuela nada. Sus libros golpean, sacuden… Kafka dijo, creo, que no hay que leer nunca libros que no lo hagan, pero no consuelan.
Espero terminarlo pronto y seguir con el último de la saga, ‘Sale el espectro’. En él, creo recordar, el ya viejo Zuckerman, caduca lentamente y es aquejado por esa otra vieja obsesión de los escritores judíos de los estados Unidos: la próstata.

 

Agustín Lascazas
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