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OPUS MEI | 20/06/2017 21:11

Una de Soda Stereo

Una de Soda Stereo

Cantaba Gustavo Cerati (qepd), aquello de “Es un día común/ Un día común en la superficie…”, para luego hacer esta declaración: “Sonríe por mi/ todos tenemos una doble vida…”.
Y de que todos tenemos una doble vida y que los secretos de cada cual son un tesoro se dieron cuenta, antes del Facebook y compañía, los espías de la Stasi de la Alemania Oriental, según pudimos ver en esa perturbadora cinta de Von Donnersmark, que aquí vimos, los que la vimos, como La vida de los otros (premiada con el Óscar, el Bafta y sabe cuántos premios más).
Cuenta la cinta que a inicios de los años ochentas, cuando la RDA estaba a punto del colapso, el siniestro Stasi tenía cien mil agentes secretos (metiches a sueldo) y unos 200 mil informantes (metiches gratuitos), que se entretenían metiéndose en la vida de todos los demás.
En algún momento todos están espiando a todos, como se supo después. Se estima que en algún momento uno de cada tres alemanes orientales era espía de sus vecinos, sus parientes, sus subordinados, sus jefes…
Están, por supuesto, los sonados casos de Bertolt Brecht (del que se ha dicho que murió asesinado por el propio servicio secreto de la RDA) y cientos de miles más: nadie, salvo los mandamases –e incluso ellos-, se salvó de que le hurgaran en la cesta de la ropa. La agencia tenía un defecto: le encantaba guardar papeles y cintas; cuando la RDA colapsó, los agentes intentaron, en vano, destruir, todos esos archivos que ahora están siendo armados como el rompecabezas que son.
Juan Villoro cuenta en alguno de sus libros de ensayos (¿en Efectos personales?), que él mismo, que fue agregado cultural mexicano en la Embajada de México en Berlín, a principios de los ochenta, pudo ir al Bundesbeauftragte, a consultar su expediente.
Todo esto viene a cuento por el escándalo de la semana: el del presunto espionaje, que según el New York Times, ejerce el Gobierno de este país sobre periodistas, activistas sociales y defensores de los derechos humanos.
No sé si la versión es cierta, aunque le vino de perlas a los supuestamente espiados.
Cuento esto porque en estas tierras, mucho se ha hablado del espionaje que algunos han ejercido, de igual manera, sobre opositores, aliados incómodos, periodistas, activistas y etcétera. En ocasiones puntuales se ha señalado a algún personaje oscuro, a alguna dependencia, y se han aventurado versiones sobre las compras de equipos para escuchar llamadas privadas y otra vez etcétera.
Yo tenía un amigo, en su día periodista –hoy felizmente alejado de estas tareas-, que tenía la certeza de que éramos escuchados. Como hablábamos frecuentemente, él hablaba en clave y yo decía barbaridades que lo hacían colgar el teléfono, horrorizado.
-¿Te acuerdas –le decía-, cuando descubrimos las facturas de lo que se gastó Fulano Perejil, en sus orgías? (Fulano Perejil era un prócer, un mandamás o algún funcionario de medio pelo).
Yo no sé si lo espiaban a él, a mí, o ambos. La verdad es que siempre me importó un rábano. Si tengo una doble vida o no, es mi asunto, aunque suelo ser tan bocón, que mis secretos se los sabe todo el mundo.
Hace no mucho, cuando la campaña del año pasado, estaba con unos amigos en un restaurante. Con los amigos con los que vengo reuniéndome hace más de tres décadas. Estábamos juntos uno de ellos que ha hecho carrera judicial y yo. Llegó un dirigente de un partido a saludarnos y luego hizo como que contestaba el teléfono para hacernos una foto. Con tan mala suerte que nos dimos cuenta y él salió pitando.
No me dio tiempo de decirle que si mi amistad fuera un secreto, mucho me cuidaría de no verme con mi amigo cada semana. Sobre la fotografía, se hubiera ahorrado el mal rato. Le bastaba entrar a nuestras redes sociales para tomar las decenas de fotos que tenemos allí de nuestras reuniones habituales.
Creo que en el fondo los hay –los habemos- que nos contagiamos de esta paranoia para sentirnos de alguna manera importantes. Supongo que los que no están en la mira de los metiches son (somos) sencillamente unos ganapanes.
Yo invito a cualquiera que tenga alguna duda sobre mi vida –la pública y la presuntamente secreta-, que me llame, con confianza. Yo soy muy dado a la extroversión y al exhibicionismo y si me invitan un buen vino español (y quizá un poco de queso) les contaré todo a detalle. Entre los míos tengo la bien ganada fama de ser un cínico.
Si el asunto es de los llamados “de estado”, hasta los invito a mi casa. Sirve que en una de esas me sale un benefactor que me ayude con alguna ayuda oficial para arreglar los muros y los techos –que se nos están cayendo encima-, para acabar de pagar la hipoteca y hasta para pintar la finca, que tiene diez años sin una manita de gato.
A esto hemos llegado: hasta da un poco de pena, eso que debería dar orgullo: no tener cola que me pisen.

 

AgustÍn Lazcasas
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