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OPUS MEI | 27/06/2017 21:05

El bulto

El bulto

Leo, con interés, que la PROFECO aplicó ayer, nada más entrar en vigor las nuevas normas para regular el transporte de pasajeros, veintitantos millones de pesos a cinco aerolíneas nacionales, por el abuso ese de cobrar por las piezas de equipaje que los viajeros documentan, en terminales de nuestro territorio (eso de nuestro territorio es un decir, por supuesto), en vuelos con ruta hacia Estados Unidos y Canadá.
Como el miedo no anda en burro, la Procuraduría dice que también tiene denuncias, por el mismo motivo, contra dos líneas aéreas gringas, pero que ya se verá en los próximos días si se atreven a aplicarles la dolorosa; se corre el riesgo de que la United, o las American Airlines, dejen de cobrar –obligadas por la legislación local- los 25 dólares que obligan a abonar al pasajero, pero que al regreso, en sus aeropuertos, nos apliquen un pago de 50 dólares. Todos tablas.
A esto siguen las nuevas disposiciones que, en teoría, obligan desde ayer a las compañías aéreas a pagar indemnizaciones, alojamiento, alimentos y bebidas, a los que sufran de retrasos en los vuelos contratados. Si estas disposiciones, vigentes apenas ahora, estuvieran en vigor desde hace algunos años, yo ya hubiera reunido una pequeña fortuna.
Sobra decir que pasaron ya las épocas doradas de la aviación, aunque el asunto que me preocupa es que parece que el nuevo estado de las cosas es el de que, por factores de naturaleza variada, las aerolíneas y sus pasajeros dejaron de tener una relación entre un prestador de servicios y sus clientes, y ahora sostienen una relación pervertida en donde los aviones transportan carga y nosotros somos los bultos.
Hace ya algunos años que los aeropuertos, que antes eran lugares que anunciaban aventuras, se convirtieron en lugares siniestros, donde el que entra debe resignarse a ser tratado como trapo: controles de seguridad, procedimientos migratorios que pueden resultar en una tragedia, retrasos, cancelaciones, equipajes no recuperados y hasta, lamentablemente, el riesgo de que un orate llegue a sus inmediaciones llevando como equipaje un chaleco explosivo.
Hace unos meses que se sucedieron algunos relatos periodísticos escalofriantes: pasajeros que acabaron a golpes con los sobrecargos; viajeros que fueron arrastrados del avión por negarse a ceder sus asientos; la humillación de una anciana que quería ir a los lavabos y etcétera.
¿En qué momento se jorobó Venezuela?
No hace falta ir con la memoria muchos años atrás para acordarnos de esos aviones espaciosos, de esos menús de tres tiempos, de la sonrisa y amabilidad de las aeromozas.
Dicen que un día un genio encontró la fórmula mágica para que las aerolíneas se ahorraran millones de dólares. Es la famosa fórmula de la aceituna: se quitaron las aceitunas que se servían en los Martinis que se ofrecían a los pasajeros y eso significó una reducción del gasto millonaria. Luego se dejaron de servir los Martinis y se da el caso de vuelos en los que si uno quiere una botella de vil agua debe pagar 5 euros.
Hubo tiempos en que yo pensaba que no había mujeres más elegantes y más guapas que las azafatas de vuelo.
Vinieron los tiempos de lo políticamente correcto y todo en la atención a los pasajeros aéreos –y en tantas otras cosas- se jorobó. El argumento era que eso de tener “buena presentación” para acceder a una plaza de aeromoza era vil discriminación: las feas también tenían derecho.
Debo decir que tenían razón: contratar a alguien para un puesto por su aspecto físico es discriminatorio; llegará el día que este argumento llegará a Hollywood y las películas del mañana estarán protagonizadas por tipos más feos que los puercoespines y mujeres horrorosas. Un mal día llegará a las pantallas –o al Netflix, o al celular- un remake de Casa Blanca con Pancho “el Chonchas” Domínguez y Laureana “la Yenny” Gordillo. Todo sea por no discriminar.
El asunto es que las azafatas dejaron de ser, en aras de la democratización del trabajo, las beldades de mi infancia; no hace mucho en un vuelo internacional nos atendió una mujer que, según mis cálculos, fue momificada en tiempos de Akenatón. Eso sí, se veía que en sus tiempos (AC) debió de ser una belleza rutilante.
Pero el asunto, dejando este asunto superficial de lado, es la amabilidad. Aunque en general el servicio de las tripulaciones pasa por ser moderadamente aceptable, los hay que son unas y unos patanes, que parece que soportan de mala manera a los pasajeros. Por otra parte, volar se ha vuelto una experiencia tan estresante, que cada vez es más frecuente saber de pasajeros que acabaron a los golpes en el pasillo que divide el asiento 18 D, del 18 F.
¿Volverán aquellos tiempos? Lo dudo mucho; mucho me temo que la cosa irá a peor.
Tanto es así que ahora la PROFECO tiene que meter las manos y tratar de moderar la relación, siempre a peor, entre las líneas aéreas y sus clientes. Supongo que las cosas irán un poco a mejor cuando por fin se inventen los aparatos de teletransportación.

 

AgustÍn Lazcasas

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