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CATóN | 04/01/2019 10:04

De política y cosas peores

De política y cosas peores

"Tengo miedo". Así le dijo el novio a su flamante mujercita cuando ésta le preguntó por qué no procedía a la consumación del matrimonio. "¿Miedo? -inquirió con asombro la muchacha-. ¿Por qué?". Explicó el nervioso galán: "Ayer introduje en la cerradura la llave de mi departamento. Se atoró y ya no la pude sacar. Luego subí a mi coche y puse la llave. Se atoró igualmente. Después, en la oficina, metí la llave del cajón de mi escritorio. Se atoró también, y la llave se quedó adentro. ¡Tengo miedo!". Asistí al Informe de Gobierno que recientemente presentó Miguel Riquelme, gobernador de mi natal Coahuila. La verdad, la verdad, la verdad, me agradó el documento, y me gustó igualmente la forma en que se presentó. Repetí tres veces eso de "la verdad" porque si hablar mal de los políticos tiene sus peligros, decir bien de ellos conlleva un riesgo aún mayor. Pero es obligación de quien escribe en los papeles públicos comentar tanto lo malo como lo bueno. La elección de Riquelme fue objeto de cuestionamientos. Yo mismo señalé su cercanía con el anterior gobernador y la posibilidad de que fuera a ser un mero continuador del moreirato. Sin embargo en el breve tiempo de su gestión Riquelme ha evidenciado una total independencia de quien lo antecedió en el cargo, y ha restablecido la unidad y concordia que estuvieron ausentes en el pasado régimen. Eso se evidenció en la ceremonia del citado Informe, a la cual asistieron representantes de todos los partidos y personas de la sociedad civil que antes fueron objeto de acoso por disentir de la política de quienes detentaban el poder. La prudencia y mesura del actual gobernante han hecho que Coahuila vuelva a ser un estado unido. Todos opinan que ha sido una agradable sorpresa. La reestructuración de la deuda; la realización de obras importantes; la creación de un cuantioso número de empleos y la seguridad de que gozamos los coahuilenses son fruto de una buena labor del Ejecutivo. Y algo más me gustó del Informe de Riquelme. En sus palabras finales dijo: "Soy orgullosamente lagunero por nacimiento, y orgullosamente saltillense por adopción". Al igual que todos los presentes aplaudí esa manifestación, y lo hice con las dos manos para mayor efecto, porque en el régimen pasado Saltillo fue objeto de absurdo ninguneo por el hecho de tener administración panista. En fin, gustosamente reconozco la labor de Miguel Riquelme, pues está redundando en bien para Coahuila y para los coahuilenses. Capronio denunció a la policía la desaparición de su suegra. Horas después un oficial le informó que ya la habían encontrado: se había caído en una alcantarilla sin tapa. Preguntó Capronio: "Y ¿qué dijo cuando la sacaron?". Contestó el agente: "No dijo nada". Indicó Capronio: "Entonces no es mi suegra". En una cantina del puerto el asiduo parroquiano le preguntó a la chica que también asistía con frecuencia al establecimiento: "Dime, linda: ¿has tenido trato con marinos?". Preguntó ella a su vez: "¿Por qué lo piensas?". Respondió el otro: "Porque he observado que las bubis y las pompis te suben y te bajan siguiendo el ritmo de las mareas". La señora Smith llegó al Cielo y le pidió a San Pedro que le dijera si su esposo estaba ahí. "¿Cómo se llama tu marido?" -inquirió el portero celestial. Respondió la señora: "John Smith". Le hizo saber San Pedro: "Tenemos miles de John Smiths. ¿Podrías ser más específica?". Recordó la señora Smith: "Antes de morir me dijo que se daría una vuelta en el más allá cada vez que yo me acostara con otro hombre". "Ah, sí -dijo entonces San Pedro-. Ya sé de quién se trata". Llamó a un ángel y le ordenó: "Ve y dile al Trompo Smith que aquí lo buscan". FIN.

MIRADOR

Me habría gustado conocer al Limpiachís.
Era bolero, o sea lustrador de calzado. Ejercía su oficio afuera del hotel de mayor lujo en la ciudad. Tenía un perrillo de raza indefinida al que con ímprobos esfuerzos había entrenado para que lo ayudara en su labor. ¿En qué consistía tal ayuda? Cada vez que salía del hotel un señorito o señorón, el Limpiachís le hacía una imperceptible señal a su diligente perro. Iba el gozque, levantaba la patita y con la mayor eficiencia meaba uno de los zapatos del huésped. El Limpiachís iba al punto hacia el orinado caballero.
-Mire nomás, señor, cómo le dejó el zapato ese cabrón perro. Permítame usted.
Y así diciendo se inclinaba y le limpiaba el calzado a la desconcertada víctima. Recibía la propina, generosa casi siempre por lo oportuno y necesario del servicio. Luego, cuando el cliente se alejaba, recogía al perrillo, lo acariciaba cariñosamente y le daba un trocito de pan como premio a su útil liquidez.
Me habría gustado conocer al Limpiachís. (Y más me habría gustado conocer a su perro).
¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

"…Impartirán en las escuelas clases de educación sexual…"

Cuando esta noticia leas
sentirás preocupación
y dirás con precaución:
"Cuidad con las tareas".

Reforma
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