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TOROS | 16/05/2018 17:14

Una oreja por torero en la 9° de San Isidro

El diestro Antonio Ferrera, con su segundo toro
El diestro Antonio Ferrera, con su segundo toro "Rescoldito" de la ganadería de Núñez del Cuvillo, durante el noveno festejo de la Feria de San Isidro, en la plaza de Toros de Las Ventas . (Foto:EFE )

Madrid.-Mereció la pena sufrir atascos de vehículos apresurados para llegar a tiempo y embotellamientos de gente en el interior de la plaza a la búsqueda de la localización de su acceso, todos ellos con las galas de corrida importante, algunos luciendo clavel para la ocasión. Hay ganas de ver toros en Madrid, en España y en el mundo, aunque unos pocos ruidosos se empeñen en defender lo contrario. Que vengan y vean. Los que hoy volvieron seguro que repetirán y los que se estrenaron querrán volver. Tres toreros y una corrida seria y cumplida tuvieron la culpa. Los toros de Núñez del Cuvillo lucieron leña, hechuras y nobleza aunque si hubiesen tenido más motor ahora estaríamos tirando más tracas que el ganador de la Europa League. Ferrera, Manzanares y Talavante cortaron una oreja por coleta con tres estilos diversos, pero todos nos hicieron vibrar.
A Ferrera se le paró el primero de salida enfrente, quedando los dos mirándose como duelo de pistoleros esperando a ver quien desenfunda primero, hasta que la arrancada sin entregarse y la huida mostraron síntomas de poca casta y ya se adivinaba el ganador. El toreo del extremeño convierte los segundos en minutos, ralentiza el tiempo, pone la pausa y quita la prisa en el mundo acelerado donde la tauromaquia no tiene cabida. Las primeras series diestras y un remate de pecho eterno dieron continuidad a los pases individuales de frente en naturales diestros con la espada clavada en la arena como testigo inmejorable de su obra. Los remates por abajo con ese sabor añejo que atesora, fueron preludio a la estocada y la concesión del premio merecido.
Desde que salió el cuarto, también con síntomas de poco, Ferrera estuvo en torero, lidiando con capote y sabiendo mantener la ausencia de fuerzas del toro a base de temple y tiempos, colocado siempre, para dejar muletazos sueltos chorreando sabor y torería, ajeno a los disidentes que se quejaban de la falta de fortaleza del toro pagándolo con quien siempre puso la verdad de verdad, sin aburrirse, sintiendo y haciendo sentir en cada pase sentido. El único borrón fue el metisaca que tuvo efecto fulminante, debiendo conformarse con escuchar palmas.
Sin fijeza salió el segundo recibiendo multitud de capotazos a la espera del bueno, tanto el público como el o presidente que retrasó paciente el cambio de tercio. Ni el quite de Talavante con chicuelinas enganchadas puso blanco sobre negro. Ante el genio sin raza, Manzanares soportó primero el viaje corto, para después conseguir alargar muletazos de buena compostura pero desde la lejanía que provoca las protestas de quienes apreciaban falta de apreturas, mientras el toro se echaba también aburrido antes de la suerte suprema de perfecta ejecución.
Con el quinto meció su capote Manzanares hasta enroscarse en cada verónica lenta y en los delantales del quite, puros y tan ceñidos que el pitón levantó una pierna entre gritos y suspiros por posible daño al guapo. La poca fuerza del toro también sirvió para que las series fueran templadas con la hipnosis de muleta que llevaba embebida la dócil embestida en trazos largos desde cites al pitón contrario, manteniendo esa figura recta tan propia que cualquier artista plasmaría en lienzo para siempre. La suerte suprema hasta la empuñadura ahora sirvió para obtener la recompensa de una oreja.
Poca raza y mucho empuje del tercero, nada pasó en el primer tercio, pero tuvo una gran transmisión en la muleta, tomándola con codicia, aunque protestando, dejando que Talavante firmase una faena floreada en la que los presentes indultaron todo aquello por lo que culparon a Manzanares. Ahora se aplaudieron las series plenas de mando y ausentes de cercanía, con brillo de bisutería, donde las joyas se quedaron en los primeros doblados profundos, sin negar la capacidad del extremeño para saber llevar el galope de su oponente, al que liquidó de estocada para recibir el trofeo.
Recital de Talavante en el último, interpretando sones en los medios con la filarmónica de la sencillez natural, como si fuese fácil conjuntar todos los instrumentos que hacen falta para cuajar una faena. Mente, poder, maestría y temple conjuntados para ofrecer la gran dimensión del extremeño cuando el noble tuvo empuje y cuando se agotó también, aplicando la quietud con una soltura al alcance de pocos. Pero cuando el sabor a puerta grande empapaba los labios, la espada no quiso culminar la obra, despedida con una sentida ovación, quedando los sentidos saturados de sensaciones por la tarde recordada.

Madrid, Las Ventas. 9ª de la Feria de San Isidro. Lleno de no hay billetes
Toros de Núñez del Cuvillo, serios, bien hechos y nobles, sin fuerzas ni casta sobradas. Destacó el tercero por su empuje y transmisión.
Antonio Ferrera, oreja y palmas tras aviso
José María Manzanares, silencio y oreja
Alejandro Talavante, oreja y saludos

MARIANO ALIAGA / HIDROCÁLIDO
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