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POLIDEPORTIVO | 05/04/2020 04:10

Tony Wilding, el campeón al que una bomba arrancó la raqueta

Vista general del All England Club de tenis durante el torneo de tenis de Wimbledon. EFE/Facundo Arrizabalaga/Archivo
Vista general del All England Club de tenis durante el torneo de tenis de Wimbledon. EFE/Facundo Arrizabalaga/Archivo (Foto:EFE )
Londres, 5 abr (EFE).- "Con mucho pesar, le informo de la muerte del capitán Anthony F. Wilding. Siempre mostró un gran valor a la hora de ponerse en riesgo. Su pérdida es un gran golpe para nosotros". Esta carta la recibió Frederik Wilding, padre de Tony Wilding, un seis veces campeón de Grand Slam fallecido en la Primera Guerra Mundial. Este verano, en el All England Club se iban a homenajear los 110 años desde el primer Wimbledon que ganó Wilding. Un honor que no tendrá lugar al no haber torneo, perdiéndose la oportunidad de recordar la figura de una de las primeras superestrellas de este deporte. Un hombre carismático que conquistó las pistas de tenis antes de enrolarse en el ejército y sucumbir ante el horror de la guerra. SUS PRIMEROS AÑOS Nacido en 1883 en Christchurch (Nueva Zelanda), en el seno de una familia acomodada -su padre era un respetado abogado y jugador de cricket-, Tony fue un chico atrevido, interesado por la ciencia de la tracción mecánica, atlético y avispado, según resume su amigo y periodista Arthur Wallis Myers en los artículos de la época. El que fue a la postre un gran campeón se inició en la vida poniendo de los nervios a su madre al escalar árboles a los cuatro años. Es en esta época cuando nació su legendaria resistencia para jugar semanas y semanas seguidas sin lesionarse y sin prácticamente desgastarse los pies. ¿El truco? Tony, al igual que sus cuatro hermanos, acostumbró durante toda su niñez a no llevar zapatos ni calcetines, lo que le curtió los pies preparándolos para la alta competición. Su relación con el deporte fue en aumento. A los doce años ya era capitán del equipo de fútbol de su escuela y con trece batía récords en el cricket, pero no fue hasta los catorce que floreció su amor por el tenis. Su padre solía jugar un partido de dobles los domingos con amigos, en los que Tony se conformaba con actuar como recogepelotas. Uno de esos días, uno de los jugadores no apareció, por lo que necesitaron un sustituto y tiraron de Tony. La unión de padre e hijo fue tan profunda que años después llegaron juntos a la final del campeonato nacional de Nueva Zelanda. Despertada ya la semilla del tenis, Wilding marchó en 1902, cuatro años antes de su primer Grand Slam, a Inglaterra. En Cambridge, donde pasó sus años de universidad estudiando derecho, estuvo a punto de escoger el bate de cricket en lugar de la raqueta. Sin embargo, el alto nivel del equipo universitario de cricket le hizo decantarse por el tenis. Durante aquellos años, Tony se entretenía apostando a que era capaz de ganar a sus compañeros un partido de tenis usando un bate de cricket. Y siempre ganaba esas sanas apuestas, único vicio de un hombre que murió sin haber fumado un solo cigarrillo o bebido una gota de licor. TONY EN WIMBLEDON Poco tiempo después de llegar a Inglaterra, en 1903, visitó por primera vez el All England Club, y avistó a algunos de los jugadores con los que se mediría en el futuro. Wilding, en una prolífica carrera, conquistó dos Abiertos de Australia (1906 y 1909), cuatro Wimbledon (1910, 1911, 1912 y 1913), además de cinco Grand Slams en dobles, y cuatro Copas Davis (1907, 1908, 1911 y 1914). Y pudo ganar mucho más, pero nunca participó en Roland Garros ni en el Abierto de los Estados Unidos. A todo ello hay que sumar las decenas de torneos menores que ganó por toda Europa, un continente que se conocía como la palma de su mano y que recorría en motocicleta, otra de sus grandes pasiones. Enamorado de la rueda y de su forma y movimiento, Wilding compaginó su amor por el tenis con la participación en carreras de resistencia por el viejo continente. Se ganó la fama de ser un hombre carismático, cálido y amable. La leyenda cuenta que una vez llegó a la final de Wimbledon en su moto y que mientras avanzaba por la calle principal del torneo, iba pidiendo perdón a los aficionados que esperaban en la cola por no poder acercarlos a todos. Aquel día, sin Tony saberlo, fue el último que puso un pie dentro de la Catedral. En el Wimbledon de aquellos años, el vigente campeón solo tenía que disputar un encuentro para poder defender el título, mientras que el aspirante tenía que superar una fase previa. Wilding había retenido con éxito el trofeo en 1911, 1912 y 1913, pero en 1914, el último torneo antes de la guerra, perdió la corona. En un encuentro horrible, Wilding cedió en tres sets contra Norman Brookes, un tres veces ganador de Grand Slam. Tony no se tomó a mal la derrota, felicitó a su adversario y salió pitando para la sala de masajes, como solía hacer, no sin antes dejar una anécdota que resume su cercanía. Una aficionada se acercó desde la grada a Brookes pidiéndole un autógrafo, este la desoyó, al no tener superficie donde apoyar el retrato. Wilding lo escuchó y ofreció su espalda para que Brookes pudiera apoyarse y autografiarle la nota. "Era sin duda uno de los mejores deportistas que había. Estaba dotado de una habilidad y una constancia que le ayudaban a llegar al punto más alto del tenis. Su alegre y brillante carácter le hacía ser querido por todos", dijo por entonces Brookes. Aún tendría Tony tiempo para jugar un par de eliminatorias de Copa Davis antes de sentir la llamada del deber y marchar al conflicto. TENIS EN LA TRINCHERA "Odio la guerra", se cansaba de repetir el tenista en cada una de las cartas que enviaba a su madre y amigos desde el frente, pero eso no le impidió servir a su país de adopción, Inglaterra, durante la Primera Guerra Mundial. Atraído por su amigo Winston Churchill, entonces ministro de la marina, y apoyado por sus conocimientos mecánicos y geográficos de Europa, acabó participando con los servicios de inteligencia en misiones de campo. Al poco tiempo ya tenía soldados, ametralladoras y carros blindados a su cargo. Fue ascendido a capitán y la mayoría de sus misiones se desarrollaron entre Francia y Bélgica. La última vez que habló de tenis fue en una trinchera. Ahí se encontró con R.S. Barnes, que había jugado varios Grand Slam. Este le recordó en broma lo mal que había jugado en su última final de Wimbledon. "No siempre puedes estar al mejor nivel", respondió Wilding, que ya veía el deporte demasiado lejos. La noche de su muerte, un 9 de mayo de 1915, los británicos lanzaban una ofensiva contra los alemanes en Neuve-Chapelle. Tras tirotear al enemigo, Wilding y los suyos volvieron a la posición inglesa. El tenista se marchó a un refugio subterráneo, pese a que los oficiales le recomendaron que fuera mejor a las trincheras, ante el peligro de los bombardeos germanos. Tony y otros tres ocupantes se metieron en el refugio y comenzaron a llover bombas. Un proyectil se estrelló encima de ellos. Wilding murió al instante. Su cara quedó intacta pese a la explosión y de su bolsillo salió despedida una cajetilla de cigarrillos dorada que había ganado como premio en el torneo de Niza un año antes. Su cuerpo fue incinerado a la mañana siguiente. Julia Anthony, su madre, tuvo el último gesto con el campeón. Cogió los dos últimos trofeos que este había ganado y se los dio a la Cruz Roja neozelandesa para que los subastara. 300 libras se recaudaron. Así se marchó de este mundo Tony Wilding, el tenista soldado, el campeón al que una bomba le arrancó la raqueta. Manuel Sánchez Gómez
EFE
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