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MUNDO | 14/09/2017 07:10

La solidaridad desorganizada atiza el caos en los campos de refugiados

Refugiados rohinyás atraviesan la orilla del río Naf tras su llegada en barco, en Teknaf, Bangladesh. EFE
Refugiados rohinyás atraviesan la orilla del río Naf tras su llegada en barco, en Teknaf, Bangladesh. EFE (Foto:EFE )
Campo de Balukhali (Bangladesh), 14 sep (EFE).- Compañías, organismos municipales, barriales, entidades privadas... decenas de donantes que quieren ayudar a los rohinyás han convertido su entusiasmo desorganizado en el combustible que atiza el caos ya existente en los nuevos asentamientos de refugiados en Bangladesh. Cuando miles de personas no tienen nada que hacer sino esperar y buscar comida al pie de la carretera todo el día y la ayuda llega de manera desperdigada y sin orden de ningún tipo se produce lo que ocurre en el campo improvisado de Bathukali, un asentamiento con más de 40.000 refugiados que crece día a día. Miles de jóvenes, ancianos, mujeres embarazadas, hombres robustos o escuálidos se apelotonan alrededor de cualquier camión que pase, un extranjero que llame la atención o alguien que lleve cualquier cosa que haya encontrado cerca. Fuentes de la ONU indicaron a Efe que es el campamento más caótico por estar recibiendo una gran afluencia de recién llegados y porque el Gobierno lo reconoció apenas hace unos días como campo improvisado, como se denominan los asentamientos que durante años se levantaron en sucesivas crisis sin el respaldo oficial. Pero también es un caos porque aquí y allá uno se encuentra con un grupo de gente tirando galletas, otro agua e incluso algunas escudillas de plástico mientras filma el proyecto benéfico con una cámara a lomos de un camión. "Vimos la televisión y vinimos para acá, porque este campo es nuevo", manifestó a Efe Farhad Milon, de 24 años y voluntario del grupo de ayuda que paga una naviera de Chittagong, el puerto más importante de Bangladesh. Milon dijo que han repartido 1.000 paquetes de ayuda con alimentos, lonas y agua a familias que lo necesitaban en diferentes campos, y que ahora lo intentan hacer aquí y para ello están seleccionando a los beneficiarios entre los más necesitados. El único problema es que mientras ellos identificaban gente, el Programa Mundial de Alimentos (PMA) hacía lo mismo tratando de llegar a 2.500 familias a las que hoy entregaron un saco con 25 kilos de comida, un apoyo con el que esperan garantizarles la alimentación durante las próximas dos semanas. "Sabemos que la situación está lejos de ser la ideal", declaró a Efe la portavoz del PMA en Bangladesh, Maherin Ahmed, al reconocer que hay donantes privados que están decidiendo por su cuenta y riesgo entregar ayuda. Un voluntario de una organización del sistema de Naciones Unidas relató a Efe bajo condición de anonimato que hay tanta gente tratando de llegar a Balukhali y se ha creado tanto caos que el camión que llevaban con ayuda estuvo atrapado cuatro horas sin poder moverse en la carretera, una pequeña ruta comarcal apenas asfaltada. Pero los donantes privados están llenando el hueco de las agencias del sistema de Naciones Unidas a las que apenas se ve en algunos campos casi tres semanas después de que se iniciara la crisis el pasado 25 de agosto, que ha llevado a casi 400.000 rohinyás a refugiarse de la guerra en Bangladesh. "Yo no hago nada en todo el día, solo tengo que buscar arroz, encontrar algo", refirió a Efe Muhammad Umar, un muchacho de 18 años que desde hace ocho días vive en el campo junto a los 10 miembros de su familia que huyeron de Maungdaw, en Rakhine. "Esperamos comida y una solución", añadió sin saber explicar muy bien qué significa "solución". Otros como Sokhina Jatum, de 50 años, entienden que el problema no se arregla sólo esperando comida y que hay que empezar a entender que esta situación se puede prolongar. "Yo no sé hacer ningún trabajo pero si tengo la oportunidad de encontrar algo lo tomaré", dijo con un pequeño recién nacido en brazos enfermo que no hace más que toser desde hace días. Cerca de allí, Hamid, de 34 años, trata de colocar las nuevas varas de bambú y la lona de plástico que consiguió por 600 takas (alrededor de siete dólares) para levantar su propia chabola. "Si alguien nos ayuda no tendremos que vivir aquí mucho. Si no, nos tendremos que quedar aquí para siempre", se lamentó. José Luis Paniagua
EFE
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